Por: Columnista invitado

Todas las guerras terminan

No todos los días empiezan con la noticia de que acabó una guerra. Y por la diferencia horaria me enteré muchas horas después de los hechos: la alegre noticia de que por fin se firmó un acuerdo entre las Farc y el gobierno colombiano, dándole fin a un conflicto terrible.

Por Henry Robinson*

¿Cómo me siento? Tengo unos nervios extraños que acompañan mi alegría irreprimible. Duró 52 años. Y llámenlo como quieran, conflicto o guerra (sé de primera mano que el expresidente Uribe prefiere usar la palabra “conflicto” para describirlo), esos 52 años fueron demasiado tiempo de una carnicería horrible y sin tregua que destruyó la vida de incontables familias colombianas.

Desde el principio del proceso de paz tenía la certeza total de que llegaría a buen puerto. Se lo dije a todo el mundo en mis muchos viajes a Colombia antes y durante las negociaciones. ¿Cómo lo sabía? La verdad es que no lo hacía. Era algo que sentía en mi corazón. Al final, ¿qué hace un país o una persona sin tener fe?

Recuerdo estar sentado en la primera conferencia de prensa conjunta de las Farc y el Gobierno a las afueras de Oslo. Con sólo diez pies de distancia entre ellos, ambas partes sufren en la redacción de un comunicado conjunto que luego Iván Márquez casi arruina vociferando en un discurso en el que culpó al Gobierno de todo: desde las inundaciones de los tiempos de Noé hasta la influencia de Estados Unidos y la globalización. Por fortuna, no obstante, superaron ese traspié y siguieron adelante... y luego se detuvieron... y volvieron a empezar... y volvieron a parar...

Hubo momentos en los que, como dice la canción, no podíamos soportarlo más. Hubo líneas rojas de Santos sobre el secuestro que las Farc ignoraron, hasta que el presidente dijo: “Libérenlos o no hay acuerdo”, ¡y lo hicieron!

Entonces, en retrospectiva, ahí está la evidencia de que las Farc siempre quisieron un acuerdo. Hace poco me preguntaron que cómo estoy tan seguro de que las Farc quieren la paz. Contesté: “¡Lo supe cuando vi que Timochenko tiene cuenta en Twitter!”.

Sin embargo, quedan algunas preguntas. ¿Por qué Santos no le apostó a su fuerza cuando las Farc estaban prácticamente vencidas, en vez de arriesgar su legado? ¿Por qué no siguió empujándolos hacia el óceano como pasó con los Tigres de Tamil? ¡Dios sabe que a los militares colombianos les sobra su gung ho!

Pero, por supuesto, ahora veo la sabiduría de la decisión del presidente. Empujar a las Farc hasta el océano no hubiese terminado la historia, sólo terminado un capítulo dándole inicio a otro más brutal. No habría esperanza alguna de un acuerdo, ni la posibilidad de sanar y seguir adelante de la misma forma que lo logramos en el proceso de paz de Irlanda del Norte.

No sobra decir que este no es el final de la historia. Sólo es el final del conflicto armado. Ahora las Farc deberán aprender a hacer política igual que las guerrillas de Irlanda del Norte tuvieron que hacerlo. Y sé que a los colombianos les costará tener que escuchar su voz y verlos en los pasillos del poder, pero les digo esto:

La esencia de sus valores patrios y la belleza de su país no han cambiado, pero estoy seguro de que una larga guerra/conflicto ha llegado a su final. Piensen en las víctimas y celebren la posibilidad de que ya no habrá más. Como lo dijo Juanes en su canción: ¡es tiempo de cambiar!

* Excombatiente del IRA.

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