Por: Melba Escobar

Todos nuestros muertos

No recuerdo cuándo supe que este país estaba en guerra.

Pasaron los años y esa información se convirtió en parte del decorado, una rareza que se normaliza, del mismo modo que se normalizó la voz de un presentador dando el número de soldados y de guerrilleros muertos en combate en las noticias de la noche, el recuento mensual del número de secuestros en la prensa, el número de desplazados, de desaparecidos, de menores reclutados por grupos armados, de niños y mujeres muertos en alguna masacre. 

De una u otra manera, todos los colombianos hemos padecido la guerra. Unos como víctimas directas, otros con alguna secuela menor. Pero difícilmente alguien ha salido invicto. En mi caso particular, recuerdo haber hecho un viaje en el 2001 con mi novio de entonces. Aunque estaban en los diálogos del Caguán, aunque San Agustín era zona roja, resolvimos ir a conocer, pues éramos jóvenes y nos creíamos invencibles, pero sobre todo libres. No le dijimos a la familia. A mi papá, con quien vivía, le dije que iba a Girardot.

En San Agustín había toque de queda. El ambiente era tenso. Se veían pocas personas en la calle, incluso a plena luz del día. Pero queríamos ejecutar esa tesis según la cual en Colombia los buenos somos más, y a unos jóvenes curiosos de conocer su país nadie iba a hacerles daño. Fuimos y volvimos de San Agustín sin lesiones. Sin embargo, durante un recorrido a caballo conocimos a unos muchachos muy simpáticos cargados con muy buenos equipos para acampar y cocinar. Tendrían nuestra edad. Se reían mucho. Uno de ellos dibujaba todo lo que veía. No recuerdo si todos, pero algunos eran estudiantes de la Nacional. Conversamos, anduvimos a caballo, almorzamos juntos y al final nos invitaron a seguir con ellos la expedición que planeaban hacer hasta Tierradentro. En parte porque no teníamos equipo, en parte porque teníamos que volver a la universidad, desistimos de acompañarlos. Esa noche dormimos en el pueblo, ellos siguieron ruta hacia San José de Isnos, de donde seguirían a El Congreso y luego a Tierradentro.

Cuando siguieron su camino, volvimos a San Agustín, donde dormimos esa noche y una más en el camino antes de seguir a Bogotá. Llegué de madrugada para encontrar en la puerta de la casa un titular del periódico que decía “Masacre en el Puracé”. La cara de los excursionistas con quienes había estado dos días antes aparecía en fotos pequeñas, tipo documento. Los mataron a todos. Fue un frente de las Farc.

Luego de leer la portada del diario, le conté la verdad a mi papá, entendí lo cerca que estuve de ser un retrato más en esa primera página del periódico. Pensé en mis compañeros de viaje, en su juventud, sus ganas de conocer el país, su entusiasmo, su bonhomía. Entendí que habría podido ser otro número más en las cifras que a veces miramos de reojo, casi con indiferencia, como si fueran cuadros contables. La guerra se va llevando gente hasta que un día el turno le toca a uno.

Por eso hoy pienso que celebrar la paz es una tarea moral de todos. Se lo debemos a nuestros muertos, a nuestros hijos y a nosotros mismos. Lo que nos está pasando lo intentaron sin éxito los últimos cinco gobiernos. Lo que nos está pasando es la oportunidad de alcanzar la paz. Quizá la única. Una oportunidad que, confieso, nunca pensé que alcanzaría a vivir.

 

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