Por: Juan David Ochoa

Tradiciones y matanzas

Indignado marchó el grueso de un país confesional contra la Ministra de Educación y la Corte Constitucional en conjunto: dicen que las nuevas tendencias legales favorecen una comunidad específica, y que el posicionamiento homosexual aumenta tras las nuevas leyes, y que la tradición se perdió entre los ruidos de Sodoma con el amparo de una modernidad sin Dios.

Aún no entienden, o no aceptan, que Dios fue descartado de la ley en la constitución que se firmó hace 25 años por sanidad colectiva y por respeto a la razón, sobre la que fueron pactados los Derechos Humanos que intentan frenarle el pulso a la fuerza de los dogmas que hicieron de la historia un voluptuoso río de sangre contra todo lo que parecía anormal a la costumbre. Los mismos Derechos Humanos de los que se jactan todos los colectivos y las sectas en una prostitución de términos sin dimensión ni contexto.

No entienden, o no aceptan, que el posicionamiento homosexual que denuncian y que les parece  fatal, como evidencia de la retoma inminente del poder de las viejas plagas de Dios, no es precisamente un posicionamiento ni una dictadura, sino una visualización y un reconocimiento que nunca tuvieron entre todos los milenios en los que subsistieron escondidos, pero reales y numerosos, por temor a la matanza de los voceros del amor y de la fe tierna y pacífica.

No ceden, y el miedo y la confusión frente a los viejos paradigmas cuestionados por la legalidad los radicaliza, y marchan en nombre de una tradición sagrada que se pierde entre la novedad. Confunden la naturaleza con la tradición, y sienten que esa tradición debe permanecer en la sacralidad sin tacha. Tradición solo es un paradigma construido caprichosamente entre la cotidianidad y los ritos, entre las costumbres de los odios arraigados o los caprichos sesgados o los desprecios fortalecidos por terror a la diferencia que interpretaban como amenaza a las zonas de confort de lo frecuente.

Tradición también fue degollar negros con espadas que podían dominar solo los blancos de la cultura oficial. Tradición fue la vigilancia de las buenas costumbres con los azotes de una inquisición que sentenciaba sin pruebas para saciar la sed de un señor desconocido pero irrefutable. Tradición también fue la concepción de una raza superior contra los que merecían un baño en las cámaras de gas o un rocío de candela en hornos para ratas. Y fue una larga tradición creer que este planeta era el centro más puro del espacio estelar, y que la misma existencia provenía de un soplo y de un chasquido de vírgenes paradisiacas, y que la gravedad solo era la esencia natural de las cosas para estar en su sitio.

Tradición también fue un delirio de ocho años en los que se creyó que se podían  superar las causas primarias de la perversión disparando ráfagas y acumulando muertos en las fosas  comunes de la estadística militar. Esa tradición sigue marchando para que su interpretación de la pureza se sostenga unida, sin infiltrados amanerados que confundan la esencia de la bravura y los principios de la servidumbre.

 

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