Por: Esteban Carlos Mejía

Tres bateadores y una pitcher del carajo

Mi amiga Isabel Barragán me invita a desayunar. Vamos a Cariñito Café, en Ciudad del Río, al pie del Museo de Arte Moderno de Medellín.

Huevos pochados y capuchinos. Deslactosado, ella; cerrero, el mío. Hoy en día mirar a una mujer con codicia, lujuria, sevicia, caridad o envidia es políticamente incorrecto. Isabel está como le da la gana de estar, con la exuberancia en su justa medida, a lo Julio César Turbay. “No me mires así”, protesta. “Tú y yo somos siameses”. Sonríe y saca un libro de su bolso Gucci, regalo del marido, ese buen hombre llamado Laureano, Nano bendito, ganadero de nueva generación. El libro se llama Falcó, de Arturo Pérez-Reverte, Alfaguara, octubre 2016.

“Los narradores españoles contemporáneos que más me gustan son Marías, Mendoza y Pérez-Reverte”, dice, mientras le echa crema de leche al deslactosado. “En gustos no hay disgustos”, digo con mesura. “Amo las novelas de Javier Marías”, prosigue. “¡Todas! Cada una tiene 300 o más páginas de elucubraciones sin ton ni son… aparentemente. Y digresiones literarias, históricas, filosóficas, cotidianas. Historias dentro de la historia: las ironías del profesor Francisco Rico, de la Real Academia de la Lengua, o el impudor de Ruibérriz de Torres, pijoaparte, gigolo de gigolos. Más los finales, ¡geniales!, impensados, meros nocauts a la inteligencia del lector”.

Ni mira los huevos pochados. “Pareces enamorada del joven Marías”, digo, no sin recelo, una vaina es aguantarse a Nano, de inseminación en inseminación, y otra es medírsela con Su Majestad Xavier I, Rey de Redonda. “Total, no te digo”, se sonríe. “¿Y los otros?”. “Eduardo Mendoza es incomparable. No hay nadie como él, Mejía. Le acaban de dar el Premio Cervantes 2016, algo así como el Nobel en español. Humor y humor y humor, picardía tras picardía, burla burlando para presentar realidades que los oropeles del mundo tratan de ocultar. Léete Sin noticias de Gurb o La verdad sobre el caso Savolta y también Riña de gatos. Madrid 1936. ¡Por fissss!” “Yo leí El asombroso viaje de Pomponio Flato”, la interrumpo, “y me reí a carcajadas desde el primer párrafo hasta el último, la medicina precisa contra la solemnidad”.

“Arturo Pérez-Reverte es como Alexandre Dumas, pero en español, aunque algunos resentidos se muerdan los codos. Tiene un estilo casi sobrenatural. Personajes irrepetibles y aventuras de las que uno jamás se cansa. Búscate las novelas del Capitán Alatriste y verás. O esta, Falcó, el debut de Lorenzo Falcó, espía del SNIO, Servicio Nacional de Información y Operaciones, el servicio secreto del generalísimo Francisco Franco durante la Guerra Civil Española…”.

“¿Puedo retirar?”, pregunta el mesero. Isabel ni se ha dado cuenta de la hora que es. “Te falta un cuarto bate…”, digo. “Almudena Grandes”. “Uff, cierto, grande, grandísima”. “Con Las edades de Lulú, su primera novela, yo entendí el erotismo femenino…”, confieso, no sin precaución. “Vaya, vaya”, se me ríe en la cara, y pide un té. “Javier, Eduardo, Arturo y Almudena son más que bateadores”, dice. “Son meros senseis”. “¿Senseis?” “Maestros, pues.” “Para hablar de Falcó tenemos que volver a desayunar”, le propongo. “Mejor a tardear. Yo nunca desayuno.” “Mal hecho: desayuna como rey, almuerza como príncipe, cena como mendigo.” “¿Huy, tú con refranes paisas? ¿Te estás delicando o qué?”. Y paga la cuenta, eso sí.

Rabito: “No se justificaría que tuviéramos un Ejército sin utilidad social en la paz.” Alfonso López Pumarejo, 1935.

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