Por: Sorayda Peguero

Tres historias de negros

Una historia no necesita estar escrita para ser contada. En comunidades de Haití, en las calles de La Habana o en San Basilio de Palenque la oralidad africana sobrevive en la lengua de los viejos como un prontuario de palabras brujas.

Siempre que las nubes presagiaban tormenta, María Umbata repetía lo mismo: “Cuando truena es porque Changó anda en asuntos de mujeres”. Y contaba María Umbata, allá en su Habana natal, que un día Oyá —la diosa yoruba de las tempestades— sorprendió a su esposo sentado en lo alto de una palmera hablando por señas con otras mujeres. El esposo de Oyá se llamaba Changó, conocido por todos como el orisha del trueno. Oyá estaba tan celosa que trató de trepar hasta lo más alto de la palmera. Pero enseguida se arrepintió: Changó empleó su magia para cubrir el tronco con cientos de lagartijas. “No se atreverá a subir”, pensó. Y llevaba razón: Oyá les tenía mucho miedo. Pero no se resignó. Sintiéndose indignada y muy furiosa, encendió una centella que hizo arder la palmera hasta reducirla a cenizas.

Como manda la tradición haitiana*, antes de empezar a narrar sus cuentos, la abuela Ifé decía: “¿Cric?”. Como siempre, se escuchaban las voces entusiastas de sus jóvenes vecinos, que respondían al unísono: “¡Crac!”. Contaba la abuela Ifé que había una vez una alondra y una niña que intercambiaban granadas y besos. El intercambio se repetía a diario: la alondra le regalaba dos granadas a la niña y, a cambio, recibía un beso. Un día, la alondra invitó a la niña a viajar hacia una tierra muy lejana. Aunque estaba asustada, la niña aceptó surcar el cielo montada sobre su lomo. Durante el trayecto, la alondra le reveló sus secretas intenciones: “No te lo dije antes porque era algo sin importancia, pero en la tierra a la que te llevo hay un rey que morirá si no obtiene el corazón de una niña”. Entonces, la niña le contestó: “No te lo dije porque era algo sin importancia, pero las niñas se dejan el corazón en casa cuando salen”. Con la excusa de recoger el corazón de la pequeña, regresaron a su casa. Y allí, en el suelo, se quedó la alondra esperando. La niña jamás volvió.

“Si oyes zumbidos en las noches oscuras es que hay un duende de niño que se quedó penando por ahí. Los duendes son las ánimas de los bebés que murieron y que no han podido llegar al cielo todavía”. Así lo cuenta Irene Vasco en su libro Lugares fantásticos de Colombia. También cuenta que, cuando muere un niño en San Basilio de Palenque, todos cantan y bailan lumbalú para acompañarlo en su camino al cielo. Porque el llanto no ayuda: si la madre llora demasiado, el niño se quedará penando en el mundo de los vivos.

Antes de que el primer hombre o la primera mujer escribiera las historias de negros de los pueblos de América, la tradición oral las impulsó con largo aliento, y se esparcieron como vilanos, con la voluntad fértil de no traicionar la memoria, esa que se dice contando.

*Cuento tomado de la novela Palabra, ojos, memoria, de la escritora haitiana Edwidge Danticat.

 

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