Por: Jaime Arocha

Triunfo Caribe

El aire "acondisoplado" es la mejor oferta de los bicitaxistas para recorrer Centro Habana.

El mismo servicio  sin explicación está disponible en guaguas —buses urbanos— y almendrones —carros gringos de los 40 y 50 que sirven de taxis colectivos—. Las guaguas articuladas van más llenas que los Transmilenios, pero con pasajeros que sobrellevan los apretones haciendo chistes por el chófer que se metió en un hueco o tarareando el reguetón que les pone. Respeto total por las colegialas de shorcitos, camiseta Lacoste, morral Jansport y gafas Rayban. Eso sí, ojo a los carteristas de celulares a los cuales hackers bien entrenados en minutos les cambian su ADN digital para hacerlos circular por un mercado sediento de tecnología.

Qué día el almendrón fue un Dodge 46, cacharreado mediante soldaduras y brochazos de pintura verde loro; palanca de cambios salida de un tablero plateado con nuevo radio reguetonero. Ir atrás era como estar en una sala. Diez pesos moneda nacional (0,40 de Euro) por cada uno de los cinco pasajeros que se monte. Al lado, el conductor de un Chevrolet 54 bien reconstruido conversaba a gritos exhibiendo sus dientes enchapados en oro. En el vidrio de atrás se leía The Power Money, consonante con propagandas de Benetton, Hieineken, Lacoste, Nike, Adidas, o Jennifer López. Pululan en Habana Vieja, y conviven con las consignas pintadas bajo la trilogía icónica de Fidel, Ché y Cienfuegos: “La revolución es eterna e invencible”, “Socialismo o muerte”, “Seremos siempre los tripulantes del Granma”, “La patria os contempla”...

En Santiago, el conductor sonrió con ironía cuando le preguntamos por la caracterización de su ciudad como “hospitalaria hoy y rebelde siempre”. A su padre, veterano de la guerra en Angola, lo premiaron con un carro. Para mantenerlo, el hijo renunció como ingeniero de sistemas y comenzó a llevar turistas al santuario de doña Cari, la patrona de Cuba, virgen de la Caridad del Cobre u Ochún, al fuerte de El Morro o a las reliquias sobre el inicio de la revolución que alberga el Batallón Moncada. Gana el equivalente a 15 euros diarios, lo que escasamente hacía cada mes trabajando para el Estado con sus dos maestrías universitarias. Eso mismo le sucede a la directora de urgencias de uno de los hospitales principales del país, de modo que de ocho a ocho, su esposo suda detrás de la cabrilla de un remendado Chevrolet 52.

Esta atmósfera de contradicciones quizás era imperceptible en un Miramar enfriado con aire de nevera para la comodidad de quienes firmaban los acuerdos entre el gobierno Santos y las Farc-EP sobre cese al fuego bilateral y definitivo, así como garantías de seguridad para los desmovilizados de la guerrilla. Estremecedora la cantidad y calidad de dignatarios internacionales que acompañaron a los signatarios y apoyaban los pasos alcanzados. También lo hacía la gente en las calles que nos felicitaba y se felicitaba por lo que para ella era un triunfo propio, continental, pero sobretodo caribeño. Terrible que mientras tanto, en Colombia, para muchos esa firma no hubiera sido ni lo uno ni lo otro, y que aún estemos lejos de considerarnos parte de esta cuenca creativa que a punta de humor y optimismo enfrenta los infortunios cotidianos.

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