Inicia el ciclo del nuevo Congreso de la República

hace 1 hora
Por: Reinaldo Spitaletta

Trump, otro inquilino depredador

A los políticos (como al emperador del cuento) hay que desnudarlos y así, aunque ellos no sientan ninguna vergüenza, les quedará más difícil la impostura y la simulación.

La política, en una desviación de sus significados originales, incluidos los aportados por el Estagirita, se ha vuelto hoy parte del cosmético vestuario del poder, y tanto aquí como allá, es un mecanismo de engaños y de señuelos para que la presa caiga sin dar lugar a la resistencia ni a la desbandada.

Con el caso de Donald Trump, que montó todo un tinglado de la farsa, para posar de “outsider”, o de tipo que nada tenía que ver con el establecimiento, fingiéndose “antipolítico”, haciéndose con su capacidad para el reality y el espectáculo de pacotilla, el señor diferente, se da, digo, una muestra patética de la mentira y los decorados como parte del sostenimiento del poder. Y de lo que quiere aparentar.

No se trata de un advenedizo. O de un “colado”. Es parte del tejido imperial de los Estados Unidos. Un entibador del sistema. Otro que llega a la Casa Blanca no para desentenderse de los grandes intereses de Washington en el orbe, sino, en esencia, para reforzarlos. Que no se crea que su llegada, para algunos sorpresiva, a la presidencia de la superpotencia,  es “anormal”. O que se trata de un cambio de la política exterior gringa. 

Convengamos, en gracia de discusión, que Trump no se va a “desentender” de los asuntos del vasto mundo. Que no va a hacerse el cara de inmigrante indocumentado frente a la tradicional gendarmería que son los Estados Unidos en el planeta. No, señores y señoras. El sujeto, que hace “política” de otra forma, acorde con los tiempos de superficialidades y efectos especiales, no le va a dar la espalda a lo que significa la hegemonía norteamericana. La conservará y fortalecerá. Para eso contó en su elección con apoyos de transnacionales y amplios sectores de la burguesía.

Recordemos apartes de sus discursos de campaña. “Estados Unidos será fuerte de nuevo; Estados Unidos será grandioso de nuevo”, dijo en mayo de 2016, cuando recalcó que por fin tendrían una política exterior coherente, basada en los intereses de su país. Y, no sobra recordar, los Estados Unidos no tienen amigos en el mundo: tienen intereses económicos, políticos, y ganas insaciables de obtener ganancias cueste lo que cueste.

En sus exposiciones siempre tuvo claro que, para disminuir el avance chino, había que tener conexiones con Rusia. “Enmendaré las relaciones con Rusia”, dijo y no sonó raro que alabara a Putin. “El mundo debe saber que no vamos al extranjero a buscar enemigos; al contrario, siempre nos alegra que los viejos enemigos se vuelvan nuestros amigos y que los viejos amigos se conviertan en aliados”, agregó entonces.

Trump, en rigor, no es un “excéntrico” ni un “loquito”. Es un representante del poder económico y político de los mandamases estadounidenses. Wall Street lo adora.

Y muchas enormes empresas capitalistas, también. Por ejemplo, Goldam Sachs y J.P. Morgan a través de la General Electric. No es un “peligro” para el expansionismo ni para los planes de seguir su dominio universal. Al contrario, es una garantía.

Estados Unidos, desde hace años, mantiene una estrategia de dominación mundial mediante el control y conquista de mercados financieros, de recursos naturales y materias primas, y la tutela de la mayoría de miembros gubernamentales de las Naciones Unidas. ¡Ah!, por algo, y no solo por aparentar que son los defensores de las libertades y de la democracia, es que tienen cerca de mil bases militares en el mundo.

El Pentágono tiene enclaves por doquier. Posee, según cifras del 2007, 32.327 cuarteles, hangares, hospitales y otros edificios en sus bases del extranjero y que alquila además 16.527 instalaciones. Parece increíble, decía el finado poeta Juan Gelman, que uno de los terratenientes más grandes del mundo sea el Pentágono.

“Con Trump como presidente nos enfrentamos a serios peligros. Pero no por su conservadurismo, sino por ser el gestor de la hegemonía norteamericana, que necesariamente debe imponerse contra los intereses de los pueblos”, dice un análisis del portal De verdad digital.

Así que no sea raro que con Trump no se pierdan de vista las intenciones y acciones neocolonizadoras de los Estados Unidos, sino que se perfeccionen. Se sabe que la superpotencia considera el planeta como un imprescindible terreno para conquistar, ocupar y explotar. Así que el nuevo inquilino de la Casa Blanca no es, no será, la excepción del imperio.

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