Por: Julio César Londoño

Trump… y el agua lejos

Lo acepto. Yo tampoco puedo con la elección de Trump.

He leído las explicaciones de muchos analistas sobre este gran fiasco, entre ellas la de Chomsky, que atribuye el resultado al miedo, y la de Chopra, el “culebrero cuántico”, que lo atribuye al influjo de una zona oscura que todos tenemos, los que hablan de la “saturación Clinton” y los que critican el fracaso del Obamacare, los que creen que pesó mucho el escándalo de los correos y la seguridad nacional, los que piensan que Hillary resultó demasiado open mind para esa sociedad tan conservadora, los que aseguran que todo se debió a la ignorancia política del norteamericano medio, los que dicen que una nación tan machista no podía elegir una mujer. Todas estas explicaciones son plausibles, pero ni sumándolas todas puedo entender el triunfo de esa cosa naranja y grotesca.

Hay también una hipótesis cínica. Se la escuché a un analista muy original: “La gente no es tonta y entendió, finalmente, que la política en general y la del imperio en particular es un circo. Entonces, ¿qué mejor que un payaso para dirigir la carpa? Al fin y al cabo todos los presidentes son eso, payasos, títeres de fuerzas poderosas que los mueven a su antojo. Los presidentes son ejecutivos exitosos, es decir, mensajeros solícitos, correveidiles de las multinacionales y de las bancadas, corchos que oscilan al vaivén del flujo y el reflujo de las mareas de la globalización. El estilo de las políticas de Estados Unidos, la interior y la exterior, no cambiará mucho de Obama a Trump, y es ingenuo suponer que la elección de Hillary Clinton entrañaría algo radicalmente distinto a Trump”.

El análisis es falaz porque la opinión pública no puede ser cínica. El cinismo es individual, una metáfora filosófica, el modo de expresión de un moralista furioso, nunca una actitud masiva. Y es un análisis perverso porque se funda en la premisa de que todos los políticos son iguales, de donde se sigue que votar es inútil, posición que lleva al abstencionismo y a la elección de candidatos poco representativos. Suponer que Obama es igual a los Bush o que Hillary es igual a Trump o que pesan lo mismo en la historia universal Churchill que Hitler, o que en nuestra historia Alfonso López Pumarejo pesa lo mismo que Turbay Ayala, es una estupidez que no merece la más mínima consideración.

En lo que sí tiene razón el cínico de arriba es en el hecho innegable de que los presidentes tienen muy poca autonomía, y que la democracia está secuestrada por la plutocracia, ese sistema que ha gobernado el mundo en los últimos 3.000 años y lo seguirá gobernando hasta que nos curemos de la fiebre del oro y nos libremos de su hechizo y de su brillo, que no nos deja ver nada con serenidad.

A mí, lo confieso, me encantó ver a un negro tomando posesión de la Presidencia de la nación más poderosa del mundo en 2008, y me habría encantado ver a ese hombre negro entregándole el cargo a una mujer rubia. Si la elección de Obama fue un mensaje contundente contra el racismo, la elección de Hillary habría sido un espléndido espaldarazo al movimiento social más importante de la modernidad, el feminismo.

Los pronósticos son obvios y oscuros. La política exterior del imperio seguirá siendo vil, quizá más belicosa. En su interior habrá más intolerancia, más locos armados, más xenofobia, homofobia, misoginia y racismo. Las drogas ilícitas seguirán siendo malditas y por ende rentables. Volveremos a ver en las portadas de los libros de biología los stickers que advierten que “la evolución natural es solo una teoría”.

Dado el influjo de la cultura norteamericana, todas estas plagas pueden cundir por el mundo.

 

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