Por: Santiago Montenegro

A trumpadas

No estoy de acuerdo con los agoreros de inevitables desastres, después del triunfo de Donald Trump. Por supuesto que quería que ganara la señora Clinton, pero, después de la desagradable sorpresa de la noche del 8 de noviembre, tenemos que hacernos a la idea de que, al menos durante cuatro años, tendremos a Trump metido en las pantallas de nuestros televisores y dispositivos electrónicos.

La democracia es así. Winston Churchill decía que es un mal sistema de gobierno, pero es el menos malo de todos los que hay y, afortunadamente, con el paso del tiempo, las instituciones se fueron fortaleciendo en muchas países de Occidente. Y, con toda razón, Karl Popper argumentó que en la historia de la humanidad siempre ha habido malos gobernantes y, en realidad, ha habido mucho más malos que buenos. Precisamente por eso, decía Popper, debemos construir buenas instituciones, para enfrentar todo tipo de climas, pero, sobre todo, para épocas de huracanes y tormentas.

Esta no será la primera ni la última vez que los Estados Unidos habrán tenido como gobernante a personas muy fuera de lo común. Que tal, por ejemplo, Warren Harding, quien fue presidente entre 1921 y 1923, un mujeriego que, mientras fue presidente, se la pasó jugando golf y póquer, permitiendo que sus compinches asaltaran el tesoro nacional y siendo tan cínico que llegó a decir: “yo no estoy preparado para este cargo y nunca debí tenerlo”. O, qué tal las cosas que se conocen cada vez más de Ronald Reagan, en su segunda administración, con un alzhéimer que lo fue alejando de sus deberes de gobernante y de la realidad del mundo. Es ya conocido que al final de su segundo mandato se la pasaba viendo series de televisión, que repetía una y otra vez, y dándole cacahuetes a las ardillas de los jardines de la Casa Blanca.

Afortunadamente, contra las debilidades corporales o morales de los gobernantes, poco a poco, en un largo y doloroso proceso de prueba y eliminación de errores, las más avanzadas democracias de Occidente fueron incorporando los principios liberales. Porque, mientras la democracia es una respuesta a la pregunta de quién debe gobernar y responde que debe ser el pueblo y no el rey, o el caudillo, o el señalado a dedo, el liberalismo es una respuesta a la pregunta de cómo se debe gobernar, y responde que se lo debe hacer con límites, tanto en el espacio como en el tiempo.

Así, el poder ejecutivo del presidente Trump enfrentará los límites que le imponen el poder judicial, el legislativo, a pesar de la mayoría republicana, el poder de los estados federados, con sus ejecutivos y tribunales; el poder electoral, que le impone un límite máximo de ocho años, en contraste con lo que sucede en nuestra región con los Maduros, Ortegas y otros candidatos a autócratas. Y enfrentará a una sociedad civil fuertísima, compuesta de miles de empresas privadas, medios de comunicación, universidades, centros de pensamiento y decenas de miles de organizaciones sociales de todo tipo.

Pero, por supuesto, nada está completamente protegido. Hay un componente muy grande de discrecionalidad personal que genera muchos riesgos. Crucemos los dedos para que el poder no se le suba mucho a la cabeza a Trump y que, con Michel de Montaigne, recuerde que, por muy alto que esté su estrado, siempre estará sentado sobre su rabo.

 

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