Por: Daniel García-Peña

A trumpazos

El mismo día que lanzó su candidatura a la presidencia, Trump propuso construir un muro en la frontera con México que sería pagado por los mexicanos.

Ese disparate, que al comienzo parecía un chiste malo, terminó siendo la frase más aplaudida en toda su campaña electoral, suscitando entre sus fanáticos cantos de “build the wall!” (¡construya el muro!). Hoy, una de las pocas cosas claras en el mar de incertidumbres que hasta ahora ha sido su presidencia de solo diez días, es que el muro va en serio y que será una de sus prioridades, por no decir obsesiones.

Dice que el muro va a detener la ola incontrolable de inmigración ilegal mexicana que inunda a USA, responsable de traer consigo el tráfico de drogas y la criminalidad, además de quitarle empleos a los estadounidenses.

Pero lo cierto es que el muro no impedirá la llegada de ilegales, quienes encontrarán nuevas formas: excavando túneles, encaletados en camiones, con papeles falsos por avión, en embarcaciones precarias por el mar, etc., etc., etc.

Tampoco es cierto que la llegada de mexicanos esté desbordada. Al contrario, en los últimos años la inmigración mexicana, tanto legal como ilegal, ha disminuido. Mientras el número de mexicanos en USA pasó de 2’200.000 en 1980 a 11’540.000 en 2006, desde ese entonces el ritmo de crecimiento ha bajado considerablemente, como lo demuestra la cifra de 11’715.000 para 2014. De hecho, según Pew Research Institute, más mexicanos se han regresado de USA a México desde la Gran Recesión que los que han inmigrado a USA. En 2013 México dejó de ser el principal país de origen de inmigrantes a USA, sobrepasado por China e India. Hoy, la mayoría de los que cruzan la frontera ilegalmente no son mexicanos sino centroamericanos.

La reducción de la inmigración mexicana a USA se debe en parte a las políticas migratorias de Obama, pero sobre todo a la crisis económica en USA y el buen desempeño de la economía mexicana. Todas las propuestas que Trump ha hecho para que México pague el muro golpearían a la economía mexicana, agudizando, no disminuyendo, la inmigración ilegal.

También es mentira que los inmigrantes sean responsables del aumento de la criminalidad: todas las cifras muestran que la inmensa mayoría son trabajadores honestos y sólo un pequeño porcentaje son criminales. Tampoco les están quitando los empleos a los gringos ya que la mayoría realizan oficios que éstos se niegan a desempeñar.

A Trump poco le importan estos hechos, ya que vive en su propia realidad de la posverdad.

Pero una cosa es la construcción del muro -en últimas están en su derecho de hacer lo que quieran a su lado de la frontera- pero otra es la insistencia en que México lo pague, lo cual constituye una humillación, un insulto, una afrenta a la dignidad del pueblo mexicano.

La fijación de Trump con el muro va mucho más allá de la fascinación que como constructor tiene por las edificaciones de concreto. Más que una medida para asegurar la frontera o ser un instrumento de política exterior, el muro es una herramienta de política interna, para exacerbar el racismo, el odio, la rabia y la xenofobia y canalizarlos para fortalecer su base de apoyo popular. Asimismo, satisface la sed de identificar un “enemigo externo”, un culpable de todos los males: ayer fueron los comunistas, hoy los mexicanos (y en otra dimensión, los musulmanes).

Por ahora, Colombia no está en el radar de Trump. A lo largo de los años se ha logrado construir apoyo bipartidista en el congreso de USA hacia nuestro país, y más recientemente, el proceso de paz. Pero el hecho de que la nueva administración haya dicho que está revisando el acuerdo con las FARC, que la línea represiva y prohibicionista contra las drogas haya vuelto a ocupar los puestos claves en Washington y que el senador Marco Rubio y su esposa colombiana sean tan amigos de Uribe, constituyen razones mayores para pronosticar nubes oscuras en el horizonte.

La cosa no es sólo con México. Para los millones de trumps que hay en USA, todo aquel que vive al sur del Río Grande usamos sombreros mexicanos, comemos tacos y cantamos rancheras (bueno, lo de las rancheras es cierto). Cada ataque a México es una agresión a toda América Latina, y por tanto a Colombia. ¡Que viva México, cabrones!


danielgarciapena@hotmail.com

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