Por: Jorge Iván Cuervo R.

Un crimen de la desigualdad

El terrible crimen de la niña indígena Yuliana Samboní es producto de la desigualdad de esta sociedad.

Son la Fiscalía y los jueces quienes deben determinar las responsabilidades individuales, tanto en el atroz hecho como en su encubrimiento, una prueba de fuego para el fiscal, Néstor Humberto Martínez, que le permitirá disipar dudas sobre su idoneidad e independencia, en un caso que involucra a círculos sociales influyentes, y un esfuerzo de investigación impecable para no dejar dudas sobre lo ocurrido.

Como bien lo hizo ver Catalina Ruiz Navarro en un artículo en el portal Razón Pública (https://goo.gl/6TUDuL), la niña violada y asesinada reunía todas las vulnerabilidades posibles que una persona puede reunir en Colombia: Mujer, niña, pobre, indígena y desplazada por la violencia, y esa condición la puso por fuera de la protección social del Estado, empezando porque no tenía un lugar público digno y seguro para jugar con sus amigos, lo que permitió el acecho constante y al final el rapto de parte del principal sospechoso, Rafael Uribe Noguera.

Por el perfil condescendiente que han construido algunos medios sobre este personaje, hemos conocido que se trata de alguien de una familia acomodada, exitoso en términos profesionales y con graves trastornos de personalidad que lo llevaron por un estilo de vida sibarita e irresponsable, hasta el punto de convertirse en un pederasta y un asesino, como ya habría aceptado ante el ente investigador, que apunta también a la participación de los hermanos de Rafael, Francisco y Catalina Uribe Noguera, en actos de encubrimiento del crimen, bajo la lógica de una familia que se considera por fuera del alcance de la ley.

Uribe Noguera sabía que podía disponer del cuerpo y finalmente de la vida de la niña Samboní, porque siente que hace parte de un mundo en el que el mínimo respeto al otro y a la ley no cuentan porque siempre está el dinero o las influencias para protegerse, como parece haber sucedido frente al posible plagio de su tesis de arquitecto, hecho que no fue suficientemente investigado por la presión de su padre, en ese entonces decano de la Facultad de Arquitectura en la Javeriana, y a juzgar por la fama de matoneador de sus compañeros y amigos, conducta que nunca le fue suficientemente reprochada y condenada por su entorno familiar y social.

Si la familia de Yuliana no hubiera tenido que abandonar el Cauca, si no hubieran tenido que ubicarse en un barrio marginal cerca de quien la acechaba desde hace varios días, si el portero que vio y conoció de este hecho –y seguramente de otros más– no se hubiera sentido intimidado a denunciar por miedo a represalias o simple deber de subordinación, seguramente no estaríamos ante esta tragedia que cierra un año muy difícil para el país y que nos deja con el alma hecha jirones.

La protección igual ante la ley fue algo de lo que no supo la niña en su vida, y Uribe Noguera creció creyendo que en Colombia depende de la condición social y del poder económico. Ojalá esta vez la justicia revierta esa impronta trágica de nuestra historia.

El personaje del año es Humberto De la Calle, quien con entereza y espíritu republicano llevó adelante una dura negociación con las Farc, y luego un diálogo respetuoso y directo con los voceros del No, a la postre los más duros opositores a las posibilidades de paz. Sin su perseverancia no estaríamos donde estamos.

El antipersonaje del año es la senadora del Partido Liberal Viviane Morales, porque con su referendo para discriminar abiertamente a parejas del mismo sexo, hombres y mujeres solteros, viudos o separados en las posibilidades de adopción, encarna esos sectores cristianos, homofóbicos e intolerantes que se oponen a una sociedad más igualitaria. Por hacer de sus convicciones religiosas, respetables en su esfera íntima, su agenda política, ella y todo lo que representa constituyen un grave riesgo para el futuro de la democracia pluralista en Colombia.

@cuervoji

 

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