Por: Arturo Charria

Un día después

Ese día las ciudades no amanecieron destruidas. Bogotá siguió siendo la ciudad de los trancones y en Chocó se mantuvieron las lluvias pero el agua nunca llegó a las casas.

Es lamentable que muchos sectores políticos no logren comprender lo alcanzado el 24 de agosto y lo que se votará el 2 de octubre. Por un lado, el Centro Democrático insiste en alzar su voz de protesta contra la claudicación del presidente Santos a las Farc; no importa lo acordado, sus argumentos serán los mismos desde que comenzó el proceso de paz. En su rabia no se dan cuenta que cada mañana se despiertan con los zapatos al revés y caminan en sentido contrario a la historia.

Por otro lado, están algunos sectores radicales de la izquierda que dicen Sí pero no, como si estuvieran haciendo una concesión a su intachable moralidad, esa que les permite tener una visión más humana de la realidad nacional. Dicen Sí, pero insisten en que no hay que emocionarse tanto por la paz, que en el país sigue habiendo desigualdad, hambre, poco acceso a la salud. La lista es eterna. Ellos, a diferencia del Centro Democrático solo se ponen un zapato al revés, el izquierdo por supuesto, dan un paso hacia delante y otro hacia atrás: no se mueven mucho. Aún suspiran cuando piensan en la Unión Soviética y sienten que el muro de Berlín está en obra, no caído.

Ninguno de estos sectores lograron comprender, después de cuatro años de negociaciones, que el propósito del proceso de paz era que las Farc dejaran de existir como guerrilla. El acuerdo logrado se resume en dos cosas: el fin de la guerra con el actor armado más desestabilizador del país y la hoja de ruta para construir una sociedad capaz de reconocer al campo, a otros actores políticos y a las víctimas de la guerra. Sin embargo, tanto la izquierda como la derecha quieren hacer del proceso de paz una síntesis de sus agendas políticas y por eso, a sus ojos, siempre será incompleta.

No podemos hacer del acuerdo de La Habana una bolsa que comencemos a llenar con todos los problemas no resueltos del país, porque corre el riesgo de romperse; el proceso de paz es una oportunidad y no la solución a todas las tareas pendientes. No se trata de decir lo que logra el proceso de paz, sino lo que lograremos a través de él.

Una de las mayores dificultades está en hacer una lectura de este proceso desde la cotidianidad de las grandes ciudades, en donde la confrontación armada no impide que los niños asistan al colegio o salir a un parque en la noche. En Bogotá, por ejemplo, los programas de prevención de riesgo escolar se centran en disminuir el matoneo en las redes sociales o el consumo de drogas. En Toribío, Cauca, los niños de los colegios hacen simulacros en caso de hostigamientos y leen cartillas para reconocer posibles minas antipersona.

Un día después del plebiscito no se construirán los hospitales que tanto necesita el país, pero los niños del Cauca podrán estudiar sin que el sonido de la primera explosión sea el timbre que indica que las clases han terminado.

 

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