Por: Hernando Gómez Buendía

Un fracaso anunciado

El populismo es la expresión de un malestar profundo que sin embrago se basa en ocultar las causas de ese malestar. Por eso puede ganar las elecciones, pero termina en una gran desilusión.

Es lo que pasa hoy en Venezuela o va a pasar en Filipinas, y lo que empieza a suceder en Estados Unidos. Trump encarna el malestar de los votantes suficientes para ganar en el colegio electoral, pero los remedios que propone se derivan de un espejismo simplón: la culpa es de los extranjeros.

El malestar en realidad se debe a que la globalización —que es un producto de Estados Unidos— acabó con los Estados Unidos donde los trabajadores manuales estaban muy bien remunerados. Por eso Trump ganó en “la América profunda”, en las regiones campesinas y en las ciudades blancas donde antes hubo industrias, en el país inmenso que pocos sospechábamos y donde 30 años o más de estancamiento se traducen en odio hacia “la elite de Washington” (comenzando por Hillary).

America great again” significa volver a los años 50, cuando un empleo en Ford era la dicha, cuando la gente era blanca, machista y protestante, cuando Eisenhower mandaba sin preguntarle a nadie en el planeta. Es el país que sin saberlo estaba siendo carcomido por la ciencia, la de la web y la revolución digital, por las mujeres que se estaban liberando, los estudiantes que marchamos con Martin Luther King, los chicanos, los distintos, los financistas que recogieron el ahorro de China y del mundo para invertirlo en empresas de punta en China y en el mundo.

El Estados Unidos que fue y el que jamás será. El que propone Trump y el que no puede ser.

El camino real consistiría en reconvertir a los obreros manuales y a sus hijos en talentos digitales y —puesto que aun así no habría empleos para todos— en aumentar los impuestos a los ricos para que todos tuvieran un cierto bienestar. Pero los populismos no pueden decir la verdad.

Por eso Trump propone frenar la migración y ponerle un impuesto “de 35%” a los carros que Ford produzca en México. Lo uno implica que las niñeras y meseros con salarios de hambre serán blancos, lo otro implica que esos blancos pagarán mucho más por sus carros y demás manufacturas: una imbecilidad sin atenuantes. Y Trump de ñapa anuncia que va a renegociar los TLC, como si los negocios los hiciera uno con uno.

Más populista todavía es la idea de que para volver a dominar el mundo hay que aislarse del mundo. El planeta de Trump se reduce a dos cosas: a los negocios que ya no son factibles, y al terrorismo islámico que él no entiende ni podrá confrontar. Un aumento del gasto militar no financiado, una retórica antimusulmana, una alianza con Putin en Siria, una pelea comercial con China y un abandono de la OTAN son todos los retazos que tenemos y que apuntan hacia un gigante miope, desconfiado y sumamente peligroso para el mundo.

La esperanza de muchos es que Trump “no resulte tan malo”, es decir que no cumpla lo que dijo. La esperanza de otros es que el bloqueo de Washington no lo deje cumplir —y no haga nada—.

Mi esperanza es el otro Estados Unidos, el que no quiere ni puede volver al país que ya fue.

*Director de la revista digital Razón Pública.

 

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