Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Un orangután en el jardín

Si uno da un paso atrás y piensa en el período extraordinario que comienza con la segunda posguerra y agoniza hoy ante nuestros ojos, se encuentra con que para una porción muy grande de la especie humana estuvo marcado por una palabra: seguridad.

Ante esta afirmación, al lector se le vendrán a la cabeza de inmediato las objeciones obvias, y otras que no lo son tanto. Con la guerra fría y la competencia nuclear que conllevaba, por primera vez estuvo en peligro la existencia de la Tierra. Mientras que en Europa Occidental y Estados Unidos amplios sectores obtenían avances importantes, las grandes mayorías en el mundo en desarrollo seguían expuestas a todos los peligros imaginables. Y así sucesivamente. ¿Cómo puedo entonces hablar de seguridad?

Me apresuro a aceptar el peso de muchas de esas observaciones. Pero pierden de vista la tendencia principal: la aparente capacidad creciente de la especie de controlar los peligros a través de una combinación de regulación estatal, avance tecnológico, democracia y ampliación gradual de los derechos. La guerra se puso bajo escrutinio de diversas formas de legalidad, y comenzó a perder el halo de heroísmo que la había acompañado durante siglos. La sexualidad vio cómo sus peligros se desinflaban bajo el triple impacto de la penicilina, la píldora y la disolución paulatina de los valores premodernos del honor. La vejez escapó al desamparo gracias al avance gradual de los mecanismos de solidaridad y protección social. La política radicalizada de masas, ese gran orangután cuya capacidad de destruir vidas marcó al siglo 20, se convirtió en un manso bruto que no asustaba a nadie, gracias a la convergencia al centro de electores que tenían miedo a la inestabilidad, al pacto sobre lo fundamental que significó el eurocomunismo de la década de 1970 (con su aceptación de la democracia a cambio de derechos sociales para una clase obrera fortalecida), y a consensos entre élites políticas sobre las que pesaban de manera aún decisiva las grandes lecciones de la segunda guerra. El crecimiento económico vigoroso de la década de 1960 fue un entorno ideal para grandes incorporaciones sociales, por dos vías: por una parte derechos sociales crecientes, y por otra derechos humanos ampliados, que fueron quitando sucesivamente numerosos estigmas a diversos sectores de la población.

No, no fue una época de idilios. Estuvo, como lo han estado todas, llena de horrores. Pero en retrospectiva, parecerá como un cortísimo período de la historia humana —tres, cuatro generaciones a lo sumo— marcado por la sensación creciente (quizás el espejismo) de la seguridad. Es esto lo que estamos viendo irse para siempre. En cierto sentido, pues, somos testigos privilegiados. La vejez vuelve a estar asociada al desvalimiento; nuestros hijos serán muy afortunados si les toca una pensión. Sociedades envejecidas, desprotegidas y con crecimiento mezquino ven cómo van explotando uno a uno sus acuerdos sobre lo fundamental. La influencia bienhechora de la penicilina quedó neutralizada por nuevas pandemias. Los horrores del honor y de la estigmatización, que nunca habían desaparecido del todo, ahora se presentan de nuevo en público con vestido de gala y sin complejos de inferioridad. Y, sobre todo, el gran orangután ya salió de la jaula y ahora flexiona sus músculos con desenfado juvenil.

La nueva época está marcada ya por el miedo y la incertidumbre. Lo que no necesariamente significa que sea peor: tendrá sus grandes compensaciones. Las apuestas crecen, y a veces la ruleta cae en el número que uno quisiera. Pero toca cambiar el formato mental. En el 99,9% de la experiencia humana, la biografía individual ha sido una sucesión de sobresaltos, quiebres y discontinuidades brutales. Algo de esto volverá. Hablando de esto, inevitablemente me acuerdo de una de mis obras de cabecera, el Candide de Voltaire. ¿Su conclusión? Incluso en medio de la imprevisibilidad extrema, “hay que seguir cultivando el jardín”.

 

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