Por: Columna del lector

Un símbolo de paz y el fuera de foco

El auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional ha soportado estrepitosos debates de forma, profundos o sin sentido en su contenido. A fin de cuentas encarna el espíritu vivaz del choque de ideas, propio de un país en conflicto.

Por: Juan Manuel Monroy

La sorpresiva visita del presidente Santos a este recinto no sólo muestra su talante demócrata, sino el importante estado de la terminación del conflicto. La escena contiene un símbolo poderoso: un audaz heredero de la oligarquía colombiana hablando sobre las virtudes de la paz a un conjunto de estudiantes justo en donde, otrora, se habrían encubado fervientes debates que justificasen la guerra, pues para nadie es un secreto que de la Universidad Nacional han salido importantes líderes de la bárbara guerrilla de las Farc, así como personalidades emblemáticas que han aportado mucho al país en ciencia y arte.

Podría enumerar los beneficios de la paz y seguir comentando las virtudes que de ésta se desprenden, tal como lo hizo el presidente en el León de Greiff, si no fuera porque una representante nos desvió, ya toda la opinión pública miró hacia otro lado.

Las universidades públicas viven un drama de financiación y otro de interlocución. Es cierta la existencia de la diversidad política en su interior, las ideas son tan heterogéneas que el aprendizaje en el debate se hace muy rico. Sin embargo, existe una hegemonía de ciertas tendencias políticas. Justamente, luego de la agreste intervención de la representante que incriminaba a Santos por sus políticas, no sólo educativas, se armó una fuerte discusión en redes sociales. En general, los estudiantes no estaban conformes con el tono beligerante que irrumpió en el auditorio, lo consideran poco constructivo. La recriminación socava, enceguece y estanca.

La inconformidad con los representantes radica en que muchas veces éstos no se identifican con sus representados, pues se arman de euforia y emoción en contra de todo lo que venga, destruir sobre lo destruido parece la consigna. Aún es peor el abuso de una posición pública para relucir una causa política, como es el caso del partido amarillo que tiene a las universidades públicas atestadas de publicidad y proselitismo.

Y entonces, el discurso es famélico. Repiten la retahíla que sus patrones políticos infunden: ya no les importa el estado de sus representados sino la leonina venta de Isagén, las políticas intrusivas del Banco Mundial, las nefastas recomendaciones de la OCDE, el modelo neoliberal imperante, el capitalismo salvaje en forma de multinacionales extractivas y delincuentes, y hasta la paz mundial.

Y bueno, no está mal que se discuta el modelo de país que se quiere, de eso se trata la universidad, pero ¿a qué juegan los representantes? La respuesta es visible: a la politiquería. La politiquería no tiene foco ni sensatez, impone y abusa, pues siempre habrá adeptos para los cuales la emoción de la retaliación, las arengas, los gritos e insultos serán la forma de llenar el vacío que las ideas no llenaron. Aquella escena es, en sí, el reflejo del país. De manera positiva ya no usamos armas para dar a conocer lo que pensamos y todo está dado para que el diálogo comience a reinar en una sociedad en donde la violencia era el derrotero. Pero el estado del debate es estéril, su desviación, la ceguera de los activistas, las tergiversaciones, las filtraciones, el abuso de lo dicho, los trinos calumniosos, las marchas sin sustento… todo esto nos pone fuera de foco.

@jmmonroyb

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