Por: Julio César Londoño

Una cohorte clave

Si hubiera que elegir una fecha que resumiera el 2016, sería el 2 de octubre.

Ese día vimos de cuerpo entero las dos grandes corrientes que chocan en el país: con el Sí estaban las víctimas, los intelectuales, los ciudadanos de pensamiento liberal y, por interés o por convicción, la mayoría de los políticos. Con el No estaban los partidarios de las soluciones de fuerza, los religiosos, ciudadanos de pensamiento conservador y, por interés y por convicción, una facción política.

Luego de la derrota, los del Sí nos consolamos pensando que, en un país signado por decenios de guerra, despojo, inequidad y exclusión, resultaba reconfortante tener más de seis millones de votos a favor de los acuerdos.

Si hubiera que elegir un líder político, será sin duda Juan Manuel Santos. Político hasta la médula y líder porque eligió correctamente la bandera central de su gobierno. Él era el único que tenía el músculo y el cálculo necesarios pasa sacar adelante las negociaciones de paz y, hay que decirlo, el menos indicado para sortear los desafíos que plantea el posconflicto, como lo demuestran su políticas agrarias y tributarias.

Si hubiera que elegir un líder negativo, no del año sino de los últimos dos decenios, Álvaro Uribe no tiene rival. Nadie como él para dividir al país, dilapidar capitales políticos y económicos, socavar las instituciones, desperdiciar coyunturas tan providenciales como las que gozó en su primer mandato, y consolidar ese engendro, el paramilitarismo.

Si hubiera que lamentar una tendencia, habría que poner en primer lugar el auge del fanatismo y la intolerancia. Las marchas públicas y el acoso soterrado contra libertades tan elementales como el aborto, la eutanasia, la educación sexual y el matrimonio igualitario, son signos francamente medievales.

Si hubiera que destacar una cohorte, hay que mencionar a los jóvenes. Nadie como ellos para el activismo político en causas importantes. La paz. La ecología. Los derechos de los animales. Nadie más negligente que ellos, ay, a la hora de acudir a las urnas. Por estas características suyas, y por su número, los jóvenes son la clave del futuro. Tienen el tiempo, el entusiasmo y la información necesarias. Los adultos no tenemos tiempo para el activismo ni mucho entusiasmo para nada y somos, en el mejor de los casos, especialistas. Los jóvenes manejan, por sus deberes académicos, una información más actual y más general. En un día corriente, un joven debe dar cuenta, con cierta precisión, de asuntos filosóficos, artísticos, científicos, tecnológicos, deportivos y morales. La vida del adulto es mucho más simple. Un joven, por ejemplo, sabe integrar y derivar. Algunos adultos, los más listos, saben dividir.

De esta cohorte depende la suerte del posconflicto, y de este, la del país. De los adultos ya no podemos esperar mucho. Basta repasar los libros de historia, o abrir un diario, para constatar su crónica ineptitud. Y su perversión. Hablo de los adultos como cohorte. Obviamente, esta cruzada necesitará de la experiencia y la sensibilidad de personas como Humberto de la Calle, Claudia López, Sergio Fajardo, Iván Cepeda, Rodolfo Llinás, Doris Salcedo o Moisés Wasserman.

Un equipo así, una base joven y unos mayores probos y creativos, sería invencible en ese referendo decisivo que serán las elecciones presidenciales del 2018. La extrema derecha es un rival de cuidado, sin duda, porque Colombia tiene instinto paraco y espíritu conservador, pero, por fortuna, irá dividida a esos comicios. Estará representada por Germán Vargas y otro señor, que saldrá de la cuarteta formada por Alejandro Ordóñez y los tres alfiles de Uribe.

 

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