Por: Sergio Otálora Montenegro

Una fiesta con sombra de derrota

MIAMI.- Eran demasiado jóvenes, entre 18 y 30 años, para entender el sufrimiento, el dolor o el rencor de sus mayores. Pero estaban ahí, de carnaval, cantando, gritando, con la euforia desmedida con la que se celebra una victoria deportiva.

A las 11 de la noche del pasado 25 de noviembre, cuando la noticia de la muerte de Fidel Castro llegó a Miami, se prendió una fiesta desmesurada que aún continúa, como si con la desaparición del líder histórico de la revolución cubana se derrumbara a pedazos el resto del andamiaje montado por un régimen que sus enemigos más enconados del sur de la Florida -esos que llaman "los gusanos"- vienen sepultando desde el día número uno, cuando se trazaron la meta de derrocar o asesinar al tirano y recuperar la isla para los intereses estratégicos de Estados Unidos. No pudieron. Fracasaron.

Estos jóvenes cubanoamericanos no podían de la alegría porque en su conmovedora ingenuidad interpretaban la muerte de Fidel como el fin, ahora así, de esa nebulosa que aquí llaman "comunismo", una "infección" -así lo califican- que pueden padecer desde Hillary Clinton y Barak Obama hasta Juan Manuel Santos.

Virus contagioso que desperdigó por toda la región, según la versión de los anticastristas y anticomunistas, el todopoderoso caudillo convertido en un semidiós, capaz de prender mechas revolucionarias y dirigir insurrecciones o gobiernos desde su centro de operaciones en La Habana.

El exilio cubano, por lo tanto, se inventó un fantasma que fue heredado, aún con más distorsiones, por la segunda y tercera generación. Sombra omnipresente, materia de conversación de todos los días, a todas horas, por cualquier razón o circunstancia, en el puesto de trabajo, en un café, en una reunión familiar, en una fiesta.

<>El 25 de noviembre se acabó la discusión monotemática. Desapareció el objeto del odio, la referencia omnipresente de los recuerdos y los rencores más pertinaces. Venían matándolo desde hacía mucho tiempo, pero sobre todo desde los últimos diez años. Siempre había la sospecha, esta semana no apareció Fidel, nadie lo ha vuelto a ver, su silencio es sospechoso, empezaban las especulaciones, las hipótesis, que estaba muerto, tal vez era un doble la figura demacrada que reaparecía en medio del estupor y la incredulidad de la Pequeña Habana, el barrio poblado por los cubanos del exilio, en el corazón de Miami.

Se fue sin aspavientos. A todos nos cogió por sorpresa su muerte. No hubo especulaciones de los expertos ni vaticinios. Todo fue sencillo y rápido: Raúl Castro anunció, en un comunicado escueto que leyó con voz trémula, que su hermano, el hombre que cambió para bien y para mal la historia de América Latina, había muerto a las diez y 29 de la noche de un viernes negro, cuando se dan las ofertas comerciales más grandes en Estados Unidos, 24 horas después del día de Acción de Gracias.

Nada va a cambiar de manera ostensible dentro de la isla. Fidel ya no gobernaba, era un rey sin trono, al que con seguridad consultaban y escuchaban pero no era la última voz. Vendrá el relevo generacional en medio de las nuevas condiciones generadas por la apertura de Estados Unidos hacia Cuba. Al respecto Trump es una gran incógnita. Puede decir muchas cosas pero como ya es claro, el hombre baila al ritmo que le imponga el billete. Su gobierno se perfila como el de una jauría de multimillonarios en medio de asesores racistas e incendiarios.

Por lo tanto pesarán más los negocios que la política. Y no pasará mucho tiempo para que los anticastristas más exaltados, que apostaron sus restos al magnate inmobiliario, sientan que han sido traicionados.

El exilio no pudo ser el instrumento de Estados Unidos para acabar con esa incómoda piedra en el zapato, experimento insurreccional y revolucionario a 90 millas del paraíso capitalista y a muy poca distancia de una región inestable y explosiva.

Digámoslo sin eufemismos: el exilio cubano de Miami fracasó en su lucha. Ya no le queda más alternativa que celebrar una derrota del tamaño de una catedral. Y seguir soñando con una Cuba imposible, la de antes de 1959, esa que sólo existe en su imaginación.

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