Por: Eduardo Barajas Sandoval

Una generación caduca

Los países van consumiendo generaciones de políticos que desaparecen del escenario por su ineptitud para renovarse.

No en el sentido de la edad, sino en el de la validez de su discurso, los protagonistas de la vida política parecen actuar a la manera de elencos que juegan, bien o mal, su papel, hasta que pierden vigencia porque se vuelven reiterativos y no son capaces de ofrecer nada nuevo frente a una sociedad que vive un proceso permanente de transformaciones. La gente les recuerda por su pasado y ellos no son capaces de ofrecer algo diferente hacia el futuro. Entonces viene ese momento lamentable en el que su esterilidad les lleva a derrotas con las que no habían soñado. Es la señal de la partida. Su papel ya se cumplió y es preciso que les dejen el campo a otros. Si insisten en quedarse, y si los electores no los retiran de una buena vez, el libreto de la decadencia le puede hacer mucho daño al proceso democrático.

El espectáculo de la carrera presidencial francesa ha puesto ya de presente la caducidad del liderazgo de las dos grandes agrupaciones políticas que ejercieron el protagonismo en la conducción del país desde la Segunda Guerra Mundial. Nicolás Sarkozy y François Hollande, los dos últimos presidentes, que habrían tenido posibilidades, el primero de regresar al poder y el segundo de quedarse por otro período en la jefatura del estado, salen del escenario. El primero contundentemente derrotado en las elecciones primarias de la derecha. El segundo aparentemente por voluntad propia, pero seguramente como consecuencia del deterioro, nunca antes visto, de su aceptación popular.

Ninguno de los dos fue capaz, a la hora de la verdad, de demostrar que tienen propuestas renovadas para afrontar los retos de futuro, en un país que ha sido esencial para la construcción y lo sigue siendo para la marcha de la Europa contemporánea. Sarkozy fracasó porque apareció de nuevo en la carrera de las primarias de “Los Republicanos” a decir cosas iguales o parecidas a las que siempre dijo, con el añadido de un asomo de nacionalismo acomodaticio que, por inauténtico y oportunista, no mereció la credibilidad de los electores, que le relegaron de una vez al tercer lugar dentro de las opciones del concurso. Hollande tuvo que renunciar a ser siquiera candidato a candidato presidencial de un partido cuyos militantes en gran medida consideran que traicionó los postulados por los que votaron con tanta esperanza.

Bajo la sombra amenazante de una extrema derecha que no ha tenido oportunidad de gobernar para desgastarse, y cuya propuesta radical sigue siendo esencialmente la misma luego de la sucesión forzada de padre a hija, los dos grandes caudales que se han alternado, y a veces cohabitado en el poder en Francia, por más de medio siglo, buscan ahora la manera de proponer un tratamiento adecuado a las circunstancias del momento; dentro de las cuales aparece la “obligación política" de cerrarle el paso a propuestas extremas, que buscan otra vez una oportunidad de acceso al poder bajo la influencia del inverosímil fenómeno político de un empresario de méritos controvertidos que, como “outsider”, logró llegar a la presidencia de los Estados Unidos.

Los integrantes del nuevo elenco deben saber, además, que para tener éxito no basta con frenar a la derecha extrema ni con el llamado a sus militantes de otras épocas, para que apoyen propuestas bajo fórmulas ya conocidas. Quien quiera entrar en la competencia debe saber que si no propone nada nuevo está llamado a fracasar, frente a un electorado que cree cada vez menos en las agrupaciones políticas y sale a la feria a ver qué ofertas hacen en uno u otro mostrador, para combinar los productos que más le convengan. Y debe saber que en todo caso el campo también está abierto para que, de donde menos se piense, aparezca alguien diferente que, por fuera de los partidos tradicionales, aglutine fuerzas bajo un programa acorde con estos tiempos en los que los menús estereotipados de otra época no interesan tanto.

En las democracias maduras, de las que hay una que otra, no es posible, como en las repúblicas tropicales acostumbradas a manejar democracias de papel, que los gobernantes, o los aspirantes, hagan caso omiso de los mensajes contundentes de la opinión y de los electores. Nada de seguir como si lo que sucedió no hubiera sucedido. La ineptitud, los errores, la improvisación y las contradicciones, siempre se pagan. Se pagan con el cambio verdadero de rumbo, o con la renuncia. Y son señales y exigencias de renovación, cuando no de mutaciones inevitables. Para ser consecuentes, para respetar el poder y la voluntad populares, para no entorpecer el avance y la sanidad del sistema democrático, los derrotados se saben hacer a un lado, para que el curso de la historia siga adelante sin ellos. Como debe ser.

P.D. El 16 de agosto se dijo en esta columna, bajo el título de “El referendo de Matteo Renzi”, que el Primer Ministro italiano perecía no haberse enterado de las lecciones del Brexit y que el riesgo mayor de referendos y plebiscitos es que los ciudadanos terminen votando guiados por sentimientos y consideraciones de coyuntura, como la opinión que les merezca el gobernante que convoca, sin ocuparse de conocer a fondo el asunto que se consulta y las implicaciones de su decisión. Ayer renunció Renzi, luego de perder el referendo entonces anunciado.

 

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