Por: Nicolás Rodríguez

Una historia familiar

La mal llamada "ideología de género”, que en principio no es otra cosa que una serie de mandamientos laicos para que los niños heterosexuales entiendan la diversidad y no les hagan la vida imposible a sus compañeros, permite que los padres malcriados se adapten a las expectativas de sus hijos en materia de sexualidad e identidad.

La pasan mejor (o menos peor) los alumnos en las aulas y los padres más tradicionales y homófobos dejan sus maricadas.

Mejor dicho, todos ganan. Con la educación en temas de género, la familia adquiere un kit de supervivencia. Porque los valores empiezan por casa: ese es justamente el problema. Con el enfoque de género que pretendía inculcar en sus manuales escolares de convivencia el Ministerio de Educación no sólo se benefician los niños. Con el pasar del tiempo, los miembros peor educados de la familia (ese otro gran multiplicador de complejos y prejuicios) recibirán lecciones sobre diversidad por parte de sus hijos.

Así es que las marchas protagonizadas por cientos de personas y azuzadas con triquiñuelas, camándulas y porno belga por la Procuraduría y muchos cristianos resueltos a mostrarlo todo (“prefiero tener un hijo muerto que gay”: una postal del día) eran una buena ocasión para reiterar con humildad que la actualización de los manuales de convivencia es importante. Al margen de la buena disposición de la oposición para radicalizar las mentiras, tanta confusión sobre el tema de las identidades de género era una razón de fondo para insistir.

Otra cosa hizo el gobierno de Santos al negarlo todo. Su patraseada será tan histórica como la propia marcha. Al correr a negociar el valor de la diversidad con las sotanas (y a asegurar los sagrados votos de las familias) se llevaron por encima la otra cartilla, la del 91, la constitucional. Como sea, además de los manuales de convivencia es la familia la que requiere una actualización. La familia colombiana tiene principios. Y también finales.

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