Por: Sorayda Peguero

Una mala noticia

La mala noticia lo encontró aquí.

En Palamós, un pueblo de la Costa Brava catalana, fue donde Truman Capote se refugió mientras escribía A sangre fría. Quizás aquella mañana de 1962 desayunó temprano. Condujo su Chevrolet desde la playa de La Catifa hasta el mercado, donde se detuvo para dejar a Pepita Blanch, su cocinera. Después se acercó a la tienda de ultramarinos de la calle Mayor. Pidió una botella de ginebra y un bote de aceitunas. Caminó hasta la librería Cervantes sincronizando sus pasos con los de Charlie J. Fatburger —su pequeño bulldog— y, cuando atravesó la puerta del local, el propietario le advirtió que todavía no les había llegado The Herald Tribune. Quizás hizo un ademán despreocupado con la mano y decidió echar un vistazo a la prensa local. Entonces, como lo inesperado siempre sucede, un azote electrizante revolvió su estómago. Tragó en seco. Repasó el titular una, dos, tres veces. Palabra por palabra. Puede que el bote de aceitunas se le escurriera de las manos y cayera estrepitosamente, llamando la atención del librero. “No se preocupe mister Truman, quédese usted tranquilo, ya lo recojo yo”. Quizás Truman Capote abandonó la librería a trompicones. Y los vecinos que caminaban por la calle Mayor observaron con desconcierto la cara desencajada del americano que, agitando con nerviosismo un ejemplar de La Vanguardia, gritaba con voz rota: “¡Mi amiga ha muerto! ¡Mi amiga ha muerto!”. Y después, exhausto de pena y ginebra, Truman Capote se dejó caer en la arena de La Catifa. Y empezó a homenajearla en sus pensamientos. Y escuchó los quejidos de su vacuidad: “No soy nadie, Truman, nadie”.

Norma Jean —como se llamaba en realidad Marilyn Monroe— estaba convencida de que la única manera de ser alguien en la vida era convirtiéndose en otra y, creyéndolo, la pequeña Norma, que jamás dejó de ser pequeña, se convirtió en la mujer más deseada. Su cuerpo se manifestó en curvas temerarias, se pintó el pelo de rubio y de rojo encendido los labios. Escribía versos en hojas sueltas. Leía poemas de Rilke y en sus sueños veía manos que nacían de las sombras para fundirla con la nada. Se lo contaba a su psicoanalista, le contaba todo con su vocecita suave, como de susurros intermitentes.

Inventó más de diez versiones mejoradas y redimidas de sí misma. Renacía una y otra vez junto a sus amantes salvadores y resplandecía por obra y gracia de una satisfacción breve que acababa devolviéndola al lodo. Era la codicia de los flashes, de la pantalla grande y la chica, de aquel niño de 11 años que la inscribió en su lista de tres deseos, de los que ponían precio a sus besos, de los que nunca la tuvieron. La pequeña Norma necesitaba desesperadamente que la quisieran, ese era su mayor suplicio. Ella, la que seducía como nadie, la que se dejaba embriagar por el brebaje narcótico de toda esa gente que la idolatraba sin conocerla, arrastraba una tristeza infinita y mendigaba un amor sin artificios que los astros le negaban.

Quizás Truman Capote despertó unas horas después con los persistentes ladridos de Charlie. Se levantó con torpeza y fijó su mirada en el horizonte. Vio que todo seguía igual. El mismo paisaje, el mismo calor húmedo de agosto, el mismo sol y los mismos pescadores que le espantaban el sueño cada madrugada. Pero esa tarde el mar movía las olas con tristeza y acompasaba un canto fúnebre, de despedida. Marilyn, su gran amiga, su adorable criatura, se había ido. Sola, desnuda, como el día que nació.

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