Por: Arturo Guerrero

Uribismo y trueque de enemigo

Este país es indescifrable. En pocos meses cambió de enemigo. Antes eran las Farc, ahora es el uribismo. El espanto pasó de unas manos a otras, como en carrera de relevos.

Desde cuando esta guerrilla dejó de disparar, hace un año, los periódicos y noticieros se quedaron sin muertos y estallidos en el campo. Los comandantes aparecen ahora como oradores domesticados o como viejos políticos con barrigas bonachonas. Hablan en tono menor, asustan menos.

En su lugar levantó cabeza un ogro que venía creciendo pero no encontraba el disfraz más asustador. Por fin lo identificó. Resolvió que Colombia tenía que levantarse en resistencia contra los acuerdos de paz. De este modo infestó el aire de un pavor remozado.

Es que los comandantes, amansados por cuatro años de reuniones habaneras, dejaron de producir terror. Y el país no puede vivir sin un enemigo, sin alguien sobre quien caiga el odio.

El uribismo, con la habilidad de las madres paisas que saben cómo instalar culpas vitalicias en sus hijos, proporcionó entonces ese enemigo imprescindible. Su líder masculló que los pactos de paz son impunidad y que con esta “no muere el odio, sino que nacen más violencias”.

Cualquier ciudadano que sepa leer comprueba la falsedad de la premisa. ¿Impunidad? Bastante se ha explicado desde las dos partes, Gobierno e insurgentes, que la justicia transicional no equivale a la justicia corriente pero en todo el mundo se ha utilizado como medida apropiada para apagar incendios.

Así que agitar este trapo negro, manchado de roja sangre, es una deshonestidad con las mayorías nacionales a quienes se intenta empavorecer como a borregos temblorosos. “Paniquear”, diría la lengua de la calle.

En plata blanca, el mensaje subliminal es más bien el siguiente: ¡que no muera el odio, que nazcan más violencias! Que sigamos en las mismas de hace cinco siglos o dos siglos o 60 años, según la cronología machetera que cada cual prefiera.

El hecho es que el uribismo consumó el trueque de enemigo. Puso a temblar al país ante un monigote inflado. Si la guerrilla no pone bombas, la ultraderecha se encarga de mantener encendidas las mechas de millones de bombas mentales.

Porque el país no puede descansar en paz. Es preciso proporcionarle los motivos del miedo. Hay que enardecer las sangres, mantenerlas en vilo. El siguiente paso es sabido: hacer que esas sangres se salgan de las venas mediante tajos o perforaciones amablemente repartidos.

Descolorido el enemigo de medio siglo, el nuevo monstruo se apoya en los cortes de franela de Los Mil días, y se proyecta hacia el resto del milenio como abominación insertada en los cerebros.

El uribismo sabe combinar memoria luctuosa con fábula enfebrecida. Mezcla estos elementos, agita el frasco en redes sociales, se va de gira por el territorio adolorido y se acomoda como imaginario colectivo.

Y aquí tenemos a la república enemiga, en la que persisten dos polos sin reconciliación en medio de los cuales medran los pájaros del mal agüero.

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