Por: Gustavo Páez Escobar

Valeriano Lanchas, niño prodigio

Nació en Bogotá el 16 de julio de 1976, el mismo día que se estrenaba la Ópera de Colombia. Cuando en el 2006 la entidad cumplía 30 años, le pidió un concierto para celebrar dicha efeméride.

El ciudadano español Felipe Lanchas, su padre, se estableció en Bogotá en 1973 y se casó con la colombiana Marta Nalús, de origen libanés, con quien tuvo 3 hijos. Vinculados al campo docente, los esposos cumplirían destacada labor en varias universidades –dentro del campo de la investigación– y serían los primeros maestros del futuro cantante lírico. Su padre le enseñó a leer música, y de ambos heredó la riqueza de la voz. Dice Valeriano que la voz de su mamá es superior a la de Helenita Vargas, “La ronca de oro”.

Marta Nalús me narra el siguiente episodio. A los 6 años lo llevó a la primera ópera en vivo, El matrimonio secreto. Debido a su corta edad, el portero le negó la entrada. “Por favor, déjeme entrar. Yo no molesto”, rogaba el niño. De tanto insistir, logró al fin el acceso al teatro. Sentado en la silla de terciopelo rojo, sus pies no llegaban al suelo. Pero se sentía grande.

Abrumado con la inmensidad del teatro y embelesado con la lámpara y el telón de boca, en un intermedio le dijo a su mamá: “Cuando sea grande, quiero estar donde se paran los señores a cantar”. En ese momento se reveló su vocación musical. El ambiente de su casa vibraba con la música de Garzón y Collazos, con el piano, la guitarra o las rancheras. Los padres cantaban a dúo áreas de ópera o de zarzuela. Esa mezcla entre la música clásica y la popular afinaba el oído, y sobre todo el alma, de quien ya era niño prodigio.

Por aquellos días iniciaba Marta Senn su carrera de mesosoprano, y más adelante ponderaba el talento vocal de Valeriano y su hermoso e inconfundible timbre de voz. Consideraba que “si sabe aconsejarse bien por sus maestros y si sabe evitar la manipulación de los directores de casas de ópera y de los agentes de artistas, sus rutas por el panorama internacional de la lírica le están abiertas”.

En 1986, cuando Hernando Valencia Goelkel cerró la ópera y les dijo a los amantes del género que debían ir al Metropolitan de Nueva York, Valeriano, de 10 años, fundaba la nueva ópera en Colombia. Ópera infantil que se presentaba en reuniones de familiares y amigos con títulos como Rigoletto, Carmen, La flauta mágica.

A los 12 años, daba su primera conferencia de ópera en una fundación cultural de Bogotá. A los 14, metió la ópera –representada en plastilina– en la canastilla de la basura situada al frente de la casa y, ante el estupor de todos, anunció: “Se acabó la ópera de plastilina y empezó la ópera de verdad”.

A los 19, entró por los caminos de la fama como ganador del concurso dirigido por Pavarotti, cuya finalidad era descubrir talentos jóvenes. En tal escenario cantó Tosca al lado del tenor italiano, que lo calificó como el bajo más joven del mundo. Era su debut internacional. Había abierto el cielo con la voz. Después vendría la cadena de éxitos incesantes por los teatros más prestantes del orbe.

En diciembre próximo será el primer colombiano que cantará como solista en el Metropolitan Opera de Nueva York, la mayor institución de música clásica de Estados Unidos y uno de los recintos más importantes de la ópera mundial. Sitio reservado a figuras consagradas del canto: Plácido Domingo, Luciano Pavarotti, José Carreras… Ahora entra el colombiano a compartir honores con los famosos.

Este recorrido al vuelo por la vida de Valeriano Lanchas permite resaltar su talento innato, que sacó a relucir a los 6 años, cuando Marta Nalús lo llevó al Teatro Colón de Bogotá. Allí quedó seducido por el mundo fascinante que se abría ante sus ojos. El arte lo llevaba por dentro.

Su vida ha estado gobernada por la disciplina, el estudio, la reflexión y la entrega apasionada al bel canto. Por otra parte, es lector empedernido y pintor aficionado. Escribe una novela, que puede suponerse basada en la gran novela de su vida. De chico era aficionado a la colección de gafas y de billetes del mundo. En suma, una inteligencia inquieta y aguda.

Hoy, a los 39 años, Valeriano Lanchas es un niño grande. Goza con los dones de la vida, ríe con las cosas gratas, se complace con los hechos simples. Y ama a su familia. Dueño de exquisito sentido del humor, esa condición la transmite con naturalidad a los personajes bufones que encarna en la ópera. No ha dejado de ser el niño prodigio de los 6 años.

No lo marean los aplausos, ni se deja envanecer por el éxito. Lo emocionan, pero no lo desquician. Sabe que lo que cuenta, por encima de todo, es la conjunción de su arte con su mundo interior.

escritor@gustavopaezescobar.com

 

 

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