Por: Columnista invitado

A veces llegan goles… (I)

De camerino, que no es de camerino. De arepa, que no es de arepa. De súbito, que no es de súbito. Cada gol guarda una historia.

Quien marca goles tiene pretextos para contar y en ello hay felicidad, aunque sea pasajera. Desde hace muchos años se registran los goles en videos, fotografías, voces y recuerdos de sus protagonistas. A veces llegan imágenes de goles que se narran, se cuentan y se vuelven a cantar porque marcan la vida. Hay goles preferidos porque fueron convertidos en el último segundo. Goles que no significan nada porque ya se perdía por muchos y otros que se rememoran porque estaban dedicados a un amor ido. Goles de campeonato, de fragilidad y de fortaleza, goles de goles. A veces llegan goles de tiro de esquina y hay alborozo porque son de “concepción extraña”.

Goles que no se merecen, como algunos premios y triunfos. Goles de trampa, de mentira, de taquito, de zurdita, de cabecita. Hay goles de diminutivos y aumentativos anónimos, como en la literatura de algunos escritores: Manuel Mejía Vallejo, Gonzalo Arango, Darío Lemus, Jaime Jaramillo, Tartarín Moreira y otros que no pudieron hacer el gol literario que soñaron. Goles con la mano, con la rodilla, con la nalga, goles antiestéticos y otros que son obras de arte. Goles son amores y desamores. Goles para la madre, para la novia, para los hijos. Goles de celebración y goles que no se celebran. A veces llegan goles como los de la ganada de la cerveza, del Mundial, de Suramericana, de Libertadores, de torneo de cuadra, de barrio, de ida y vuelta, de carambola, del árbitro, de autogol. A veces llegan goles de colores, de cuadros, de tragedias en las gradas, de violencia, de muertos, de castigos, de cárceles. A veces llegan goles que valen oro y el jugador es “negociado” inmediatamente pero no vuelve a meter uno. Goles de apostadores que ganan y ganan con el esfuerzo de otros. Goles de patrocinadores que pagan por cada gol con la marca tatuada. Llegan goles, como cartas, de la calle, que valen todo porque el festejo es hasta el otro día y se apostaba la dignidad de un barrio.

Esos goles, los que se hacen por pasión, por el disfrute, por el goce de ganarles a los mejores amigos, esos son los más humanos, los que se gritan a rabiar porque el otro ya ha celebrado. Abrazo de compañeros, de amigos-enemigos, de reconocimiento y de volver al campo en el próximo encuentro. Rivales en la cancha y dialogantes en la vida. A veces llegan goles que hermanan porque fueron bien tejidos, con arte, estética, enjundia y después se recuerdan hasta el infinito. Esos goles ya nadie nos los quita. Y, a veces, llegan los malhadados autogoles… 

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