Por: Columnista invitado

A veces llegan goles… (y II)

Y cuando llegan los malhadados autogoles el rostro se transforma, se vuelve multicolor con predominio del rojo intenso, se alborota la sensación de impotencia, se recuerdan los primeros pasos torpes que se dieron en la infancia, el primer traste roto, la primera “pela” del padre enfurecido.

A veces llegan goles que tienen un sabor amargo porque fue en el propio arco, como un suicidio en diferido, porque queda la esperanza del desquite, pero estos goles se quedan tatuados en la memoria como un sablazo al corazón. A veces llegan goles que se guardan en la memoria con más cariño porque se cantan con dedicatoria, como las de los “clásicos” autores de la literatura. José Saramago, por ejemplo, le dedica Las intermitencias de la muerte a “Pilar, mi casa”. Mujer y casa están en el mismo plano, así como gol y vida. Pablo Valle, por su parte, escribe Cómo corregir sin ofender, que lo dedica a: “Una especie en vía de extinción: el libro”. Hay rumores de desaparición del libro físico, pero hay voces que no creen en estos alaridos.

En su libro La alegría de querer, Jairo Aníbal Niño escribe en la dedicatoria: “Al primer amor”. Así como se dedican goles al primer amor, al primer beso, al primer balón, a los primeros guayos, a la primera camiseta, a la primera visita al estadio. Roberto Juarroz les dedica su libro de poesía “A casi todos, a casi nadie, pero a ti”. Yo te he dedicado goles multicolores. A veces llegan goles curiosos, arriesgados, desobligantes e irreverentes, como algunas palabras y otras dedicatorias. En un gol, como en la dedicatoria, hay una construcción de mundos posibles.

Dedicar un libro, una canción o un gol es brindar porque tiene el sentido del ritual, que es un acto demasiado humano y que yace en las entrañas del hombre porque es otra forma de expresar un sentimiento que, como decimos habitualmente, no se deja expresar de otra manera. Dedicar también tiene el sentido de destino, de ofrenda. Dedicamos los goles, los triunfos, las tesis de grado, porque en el acto de la dedicatoria ponemos en las manos de otro nuestra euforia que debe ser compartida porque somos seres sociales. La dedicatoria, en última instancia, es una ofrenda, y ofrendamos en el lenguaje simbólico y ritual para marcar una especie de territorio, como si hubiera una necesidad de escribir, una especie de furor sagrado que nos insta a escribir y a marcar en el cuaderno, en la cabina telefónica, en el pupitre, en los muros y hasta en los libros. A veces llegan goles que tienen olor a historia de barrio con dedicatoria infantil. Una vez llegó Gol Dylan y ganó un premio.

 

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