Por: Gustavo Páez Escobar

Velitas para Yuliana Andrea

En la lectura del periódico encuentro la foto de la torre de Colpatria, en Bogotá, donde se da inicio a la Navidad con el hermoso espectáculo de la pirotecnia que irradia sus luces multicolores hacia toda la ciudad, y al mismo tiempo se conmemora una de las fechas más tradicionales de Colombia que es la Noche de las Velitas.

Con esta festividad, que nace de la bula promulgada en 1854 por el papa Pío IX, se celebra el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen. En la noche del 7 de diciembre ocurre el encendido de velas y faroles en ventanas y puertas de las casas, en centros comerciales y en muchos sitios públicos, como señal de regocijo.

Contrasta esta imagen de fiesta y colorido con la noticia escalofriante de la   violación, la tortura y la muerte de la niña Yuliana Andrea Samboní Muñoz, de 7 años, este 4 de diciembre.

El mismo día que se conoció este drama que abruma a una humilde familia del Cauca que se había venido a la capital del país en busca de mejores medios  de vida, pasé de casualidad frente a la clínica Navarra y me encontré con una multitud que protestaba por el despiadado infanticidio. En el centro médico se hallaba hospitalizado el violador de la niña, arquitecto Rafael Uribe Noguera, miembro de acomodada y prestante familia.   

En pocos minutos se conoció el suceso en Bogotá y en todo el país, y se prendió la indignación ciudadana. Cada vez era mayor el gentío que llegaba a la clínica desde diversos sitios de la ciudad, y que amenazaba con cometer actos extremos de venganza, como el de linchar al agresor y hacer justicia por sus propias manos. 

Nadie entendía ni entiende cómo el monstruo de Chapinero –como alguien lo calificó– fue capaz de perpetrar semejante aberración: primero secuestró a  Yuliana Andrea cerca a la modesta casa donde vivía en el barrio Bosque Calderón; luego la condujo en su vehículo hasta su apartamento, y allí la violó y la mató por asfixia.

Ante semejante atrocidad, se ahogan las palabras y se petrifica el alma. Toda Colombia está horrorizada y enfurecida por la inconcebible acción que solo puede brotar de los instintos más abyectos. Se afirma que el asesino era adicto a las drogas, y se habla de vicios pervertidos con prostitutas en el propio edificio donde residía.  

¿Hasta dónde se ha llegado? Al atropello y el vejamen contra una tierna niña y a la angustia insondable de su familia. El declive moral, la depravación sexual, la violencia salvaje, todo bajo el amparo de la impunidad y la inoperancia de la justicia, son los detonantes mayores de este tipo de transgresiones.          

Vuelve a hablarse de la pena de muerte o la cadena perpetua para estos sátiros incontrolables que no respetan personas ni norma alguna. Es oportuno preguntar: ¿con esas penas se erradicará el delito y se castigará, en la justa medida, a los violadores, los torturadores, los depredadores? Hay que ponerlo en duda. El mal tiene raíces más profundas.

Hay que comenzar por enderezar todo el andamiaje social y familiar. La sociedad y el hogar han perdido su rumbo al dejar hundir los principios. Colombia está enferma de gravedad. Las leyes no solo resultan ineficaces, sino que también parecen de ficción.                           

Las velitas decembrinas son para Yuliana Andrea, quien con su alma pura se fue de la vida como un ángel para el cielo. Y deja con su sacrificio una lección estremecedora.

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