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hace 12 horas
Por: Héctor Abad Faciolince

Vendo Volkswagen

El comienzo de la fábrica de carros Volkswagen (literalmente: auto del pueblo) fue más bien tenebroso.

El más repugnante dictador de la historia tuvo una idea interesante, como suelen tenerlas los populistas todopoderosos de todos los países: inspirándose en un modelo del ingeniero Porsche, debía producirse en Alemania un carro barato que pudiera llevar a dos adultos adelante (los padres) y a tres niños atrás, a una velocidad de 100 km por hora. Además, no debería haber agua para refrigerarlo (nada que se congelara en invierno), y debía producirse en grandes cantidades.

Muchas empresas obedecieron al tirano y empezaron a hacer pruebas, y aunque en los cálculos todas daban pérdidas, hubo una que se obstinó en fabricar el carro, la VW, que en el quincuagésimo cumpleaños de Hitler, el 20 de abril de 1939, le presentó su primer prototipo del escarabajo, el Tipo 1, ese aerodinámico cabriolet que, en cientos de modelos mejorados, todos llegamos a conocer.

Después vino la guerra y todos los planes cambiaron. Las fábricas de autos se dedicaron a producir máquinas para la guerra y el sueño populista del carro del pueblo cayó en el olvido. Los padres estaban en el frente, disparando, y los niños en los sótanos, cubriéndose de los bombardeos. Cuando los británicos, tras la derrota de los nazis, se apoderaron de la fábrica de VW, se enamoraron del escarabajo y enviaron a su patria los primeros coches en serie fabricados después del armisticio. Ahí empezaría la popularidad de la marca, la solidez técnica del carro, y poco a poco su difusión epidémica por todo el mundo.

Recuerdo que cuando yo era niño asociaba al VW con los curas. Los sacerdotes más pudientes de la diócesis, me parece verlos todavía, iban siempre conduciendo su cucarachita, y daban mucha envidia. Los niños jugábamos a contar Volkswagens y curas desde la ventanilla del bus del colegio. Algún gobierno clerical, en los años 60, había decidido hacer importaciones de carritos VW sin impuestos, solo para la curia. Cada dos años los padres podían cambiar su aparato importado, y tener un “sobrado de cura” (su escarabajo de segunda mano), era un privilegio que solo se podían permitir las familias más rezanderas de la parroquia. Después de los curas vino la furgoneta de los hippies (Kombi o arrierita, le decíamos), que le dio a la marca un prestigio todavía más alegre y sensual. Hasta Cortázar tenía una.

Tal vez por estos recuerdos infantiles o juveniles, y por el prestigio que tenían los carros alemanes, siempre quise tener un VW. Y me lo compré cuando pude, hace pocos años. El caso es que hoy, después del truco en el software para esconder las emisiones en algunos de sus modelos diesel, y en millones de carros vendidos en todas partes, la confianza que siento por esa marca se ha desmoronado. Viví en Alemania durante un par de años y si algo me parecieron los nuevos alemanes era esto: confiables. Las dimensiones de un engaño así produce estupor y rechazo. Por la ambición de convertirse en el mayor vendedor de carros del mundo, VW creyó poder engañarnos a todos en el tema más delicado: las emisiones tóxicas para la salud humana y para la naturaleza.

Es posible que VW se recupere sin quebrarse, pero el engaño que han cometido es imperdonable. Ya se habla de que tal vez el motor de combustión, con este escándalo, esté llegando a su fin, por la imposibilidad de construir un carro diesel (y quizá también de gasolina) que sea eficiente, limpio y económico al mismo tiempo. Tal vez ya era hora de abrir los ojos, y de no ilusionarnos más con ese aparato envejecido que es el automóvil tradicional, incluso el supuesto “carro del pueblo”. Alemania, el país de las energías verdes, tiene que dar una respuesta ecológica de impacto planetario a esta vergüenza que golpea el corazón de su economía: la industria automovilística.

Yo, por lo pronto, pondré en venta el que creía que era el mejor carro que había tenido en mi vida. Ahora me da vergüenza conducir un VW.

 

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2015-10-23T22:59:56-05:00

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