Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Ventana gay

Inquisición y regeneración esculcaron cuerpos y persiguieron relaciones homosexuales, entre otras. Una penalización nacional más organizada se consolidó durante los años de la República Liberal.

A la vez que se construían las burocracias, los poderes, reglas y técnicas estatales, se perfeccionaba el rechazo al “amaneramiento”. Mientras se imprimían membretes con el escudo, se troquelaban sellitos y se mecanografiaban inventarios, se clasificaba también a las personas.

Con la revolución en marcha, López Pumarejo desenchufó a los curas de la dirección de la educación pública. Durante ese mismo periodo se expidió el código penal que castigó con cárcel el “acceso carnal homosexual”. Con una mano adelante y la otra mano atrás. Mientras el presidente atacaba a la Iglesia en defensa de la educación laica, penalizaba toda “estética que desdiga y ofenda la virilidad”.

El estado colombiano fue ensanchándose. Mientras los pilares burocráticos (Policía, Ejército y entidades educativas y de salud) maduraban, se agudizaba el rechazo a comportamientos “homosexuales y desviados”. En el Ejército, cualquier acercamiento entre soldados (dentro o fuera de servicio) era considerado afrenta contra “el honor militar”, merecedora de castigo y destitución. La Policía acosaba en los parques y las discotecas. Algunas de las primeras reacciones en las que se organizó la comunidad homosexual fueron en contra del asedio policial (a la primera marcha gay, en la Bogotá de 1982, asistieron 32 participantes y alrededor de 100 policías). El sistema de salud fue enfático en la necesidad de definir el sexo del recién nacido, apresurándose en “operaciones de readecuación de genitales” en casos de intersexualidad (“hermafroditismo”). No hubo afán, entrados los ochenta, en campañas de salud e información sobre VIH y SIDA.

Todo este tiempo, sin embargo, en la vida diaria de los barrios, en las habitaciones y las rutinas se abrieron y agrandaron grietas por las que chorreó lo prohibido. Al interior de las propias instituciones, parejas, activistas, comunidades y rolos ilustrados abrieron ventanas de cambio y resistencia desde abajo y desde arriba.

La historia menuda del estado, de sus prácticas, sitios, corbatas y desacuerdos, es la misma que satanizó las indecisiones y transgresiones sobre el cuerpo, los roles, las preferencias. Esta, la de la diferencia penalizada, no es una historia vieja sino reciente. De los tiempos del abuelo Santos, del abuelo Pastrana, de los abuelos Lleras. De los periodos de la coalición uribista. De los noventa y las guerrillas, tan conservadoras en la cama y castigadoras de infracciones de la hombría. De los años de paras y narcos, glorificadores de una familia.

Manual de convivencia en mano, la semana que se acaba abrió una oportunidad para las contriciones. El estado enjuiciador de la diferencia, amoroso de los hombres verracos heterosexuales, jugadores de póker, montadores de caballo, se ha equivocado por décadas. “Pedimos perdón por nuestros crímenes, pues hasta hace poco (y todavía en algunas instituciones) predicamos la homofobia”: este habría sido un buen comienzo. En lugar de arrepentimiento, se montó el gobierno en un podio moral, para luego bajarse ante la gritería de las marchas. Se montó el estado de Bogotá en el pedestal de lo correcto y resonaron los llamados a la civilización de las masas: “que la gente lea, viaje y se culturice”.

Lo justo hubiera sido un llamado no a aprender, sino a desaprender lo que el propio estado introdujo con insistencia por un siglo, de los siglos. Amén.

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