Por: Iván Mejía Álvarez

Ventanilla

Entre los dos equipos ascendidos a la primera división, América y Tigres, hay diferencias monumentales. América es uno de los tres grandes del país por referencia histórica, por hinchada, por convicción popular. Tigres es hoy por hoy uno de los equipos más pequeños, pues su promedio de asistencia en Soacha llega tan sólo a los 380 aficionados por partido.

Nacido en Cartagena como Expreso Rojo, pues su fundador, Carlos Salazar, ferviente hincha de Santa Fe quería tener una sucursal cartagenera del equipo bogotano, pasó por diferentes manos y distintas sedes: Zipaquirá, Fusagasugá, Sincelejo y finalmente Soacha. El equipo terminó llamándose Tigres cuando el Chato Páez se hizo a su dominio.

Tanto el rico y poderoso América como el indigente Tigres deben estar meditando sobre los retos que deben afrontar el próximo año, cada uno desde su perspectiva. Para el uno, el de Soacha, todo se limitará a intentar permanecer en la categoría. Sin músculo financiero, con jugadores del montón que tuvieron la fortuna de encontrarse este ascenso por el fracaso del favorito, Pereira, al que le quedó grande la ronda final, Tigres aspira a ser el Chapecoense que va subiendo de categoría año tras año.

Conseguido el objetivo del ascenso, Tulio Gómez y su equipo de trabajo tienen que pensar en metas mayores, en retos significativos. La permanencia es una obligación natural. América nunca debe volver a vivir ese calvario de la B. Pero, por tradición natural, el América tiene que aspirar a títulos, a eventos internacionales. Y para conseguirlo es menester e imprescindible reforzar notablemente la nómina actual.

El tema para los dos ascendidos pasa por billete. Los dos tienen que entender que una plantilla de B no garantiza quedarse en la primera división. Fortaleza se los ha demostrado ya dos veces. El equipo de Soacha sabe que, por más que lleve jugadores, carece de un estadio para hacer taquillas grandes, que invertir dinero es como tirarlo al tarro de la basura, pues así juegue en Techo no será financieramente viable.

América, al contrario, sabe que si contrata bien y arma un equipo poderoso, su inmensa hinchada lo acompañará lealmente, pero los aficionados rojos tienen que entender que una cosa son los costos de jugar en la B y otra estar en la A. Enseñados a boletería barata, ahora los aficionados del América deberán aceptar precios superiores.

La Dimayor celebra alborozada el regreso del América, pero está preocupada, tiene que estarlo, con su nuevo inquilino en la primera división. Sin estadio, sin afición, sin capacidad económica. Tigres ni siquiera es un “equipo de garaje”. Es tan sólo un “equipo de ventanilla”. El garaje es demasiado amplio para sus reales capacidades.

 

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