Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Volteando la torta

Después de meses de suspenso, las elecciones gringas parecen estar acercándose a una definición. A menos de que pase algo inesperado y grande —cosa que no se descarta— Hillary será la primera presidenta de los Estados Unidos.

He tratado de seguir con cuidado este proceso dramático por dos razones simples. La primera es que nos afecta a todos. En particular, no veo cómo la paz pueda ser sostenible en Colombia con un Trump en el poder. La segunda es que constituye un buen ejemplo de cómo enfrentar a una fuerza de extrema derecha que cuenta con una base social amplia y fiel.

Uno podría haber esperado un desenlace distinto, porque el Partido Demócrata es especialista en embarrarla, y en mostrar de manera dolorosa sus divisiones internas, y porque Hillary es una candidata vulnerable en muchos sentidos fundamentales. Pero esta vez todo ha salido a pedir de boca. Creo que los demócratas han hecho cinco cosas muy bien. Uno: aunque su convención comenzó por el lado equivocado, terminó saliendo avante y dando una imagen de unidad, con el candidato de izquierda apoyando a la de centro a cambio de que ésta incluyera puntos programáticos fundamentales en su agenda. Dos: identificaron de manera implacable sus problemas y debilidades, y los temas, los sectores sociales y los estados frente a los que tenían que desempeñarse mejor. Y procedieron en consecuencia. Por ejemplo, hace algunos meses la mayoría del electorado estadounidense creía (¡por mucho!) que Trump estaba mejor cualificado para manejar la economía que Hillary. Hoy ya los demócratas han alcanzado a los republicanos en esta dimensión clave. Tres: específicamente, construyeron un discurso para el sector social que les es más hostil (los blancos pobres con poco nivel educativo), y se dedicaron a hablarles a los partidarios de Trump que son susceptibles de ser atraídos, así como a los indecisos. Cuarto: pero esto no les impidió denunciar con extremo vigor la política de la indecencia y la mentira desplegada por Trump. De hecho, los movimientos tres y cuatro van íntimamente unidos. El durísimo discurso de esta semana de Biden, el vicepresidente, fue ejemplar en este sentido. Nadie en el Partido Demócrata se hace la ilusión de que sea posible aplacar a un tipo como Trump con dulzuras y ternezas. Le dan sin pausa ni cuartel, minando sistemáticamente su base electoral. Cierto: Trump se ayuda. Pero ningún torneo se gana solo. Los demócratas (este es el quinto punto) lo han invitado al error. Conociendo su intemperancia proverbial y su incapacidad de rehuir una provocación, lo han llevado a pelear en numerosos frentes en los que se ha ido desgastando.

Piense el lector cuánto profesionalismo, cuánta capacidad para mirar las duras realidades electorales a los ojos, cuánto miedo bien procesado, hay detrás de toda esta operación. Las apuestas serias hay que jugarlas en serio. Estas cosas no se pueden hacer al estilo aficionado.

Hablando de política de la indecencia: les ha dado a los uribistas por manifestar su indignación porque se les tacha de enemigos de la paz. Según ellos, están luchando por otro acuerdo. Paja, calenturas simuladas. Ellos saben tan bien como cualquiera que de cumplirse sus demandas se haría imposible cualquier acuerdo con las Farc, aquí y ahora. No le han explicado al país cómo se reconstruiría una negociación de perderse el plebiscito. Y el precedente inmediato es la incapacidad de Uribe de alcanzar tal acuerdo (pese a haberlo intentado) en sus ocho años de gobierno. ¿Es que no se acuerdan de que estaban ahí? ¿O será que responderán como Óscar Iván Zuluaga frente al video en el que él compartía amenamente con el hacker: “no me acuerdo si ese era yo”?

No. Esta es en efecto la escogencia entre guerra y paz. Y la paz es mejor que la guerra.

 

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