Por: Lorenzo Madrigal

Volver al Claustro

Vivenia formidable fue para mí el llamado que con este nombre hizo el rector del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario a sus antiguos alumnos, para visitar el viejo entable educativo de más de 300 años, reconocer su actual vitalidad, su expansión y el jubiloso sabor de lo viejo y de lo nuevo (“Nova et Vetera”), que allí se respira.

Personas bien mayores (que algunos lo somos) y jóvenes, con gran esplendor de juventud femenina, antes escasa, reunidos por el señor rector, don José Manuel Restrepo, en amigable ágape de intereses por la ciencia en general y por el derecho en particular, circulamos por unas horas, no sé si como fantasmas de algo que, Dios no lo quiera, pareciera extinguirse.

Allí, en esas aulas, aprendimos a conocer a un país con reglas, sabias en su mayoría, reformables según cánones preestablecidos, que en eso consiste un Estado de Derecho, un país por el cual habríamos de responder en un futuro, que los más viejos ya estaríamos viviendo.

Porque una Nación, entendida como una aglomeración de seres humanos a quienes unen un territorio, una lengua y unas costumbres, no puede llevar vida ordenada y en paz sin un reglamento preciso, respetable y digámoslo de una buena vez, estable y duradero. ¿Puede un país vivir sin reglas? No. ¿Pueden esas reglas ser impuestas por el gobernante de turno, al acomodo de las circunstancias? Rotundamente no. El Estado de Derecho se refleja en gobernar de acuerdo con lo establecido por poderes independientes del Ejecutivo y mejor si han sido previamente consagrados por una tradición aceptada por la generalidad.

Ese sabor tenían las viejas paredes, para nada abandonadas, los salones de estudio y de arte, el fabuloso comedor que se instaló en otro claustro, algo más al sur de la capilla de la Bordadita, símbolo señero del Colegio Mayor. Mucho recuerdo la recomendación del venerable rector, monseñor José Vicente Castro Silva, a sus alumnos en el sentido de no dejar perder esa denominación de Colegio Mayor, pese a tratarse de una universidad.

Pues el entrañable Colegio inspira en esta hora de definiciones, la necesidad de volver a las normas que fundaron el país, a la vida en democracia con la elegibilidad consecuente, donde lo que el voto popular decidió es norma inviolable, sin atenuantes ni explicaciones que sustenten su alteración por urgencias del momento.

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Aunque denigrada por muchos la profesión de abogado, pletórica de personalidades, que vimos deambular esa tarde por los viejos pisos y subir o bajar las pesadas escalas del Sabio Caldas, sigue siendo un instrumento necesario para la estabilidad de las instituciones y sería de desear que quienes manejan la República la tuvieran como suya o se asesoraran de quienes la profesan sin esguinces.

 

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