Por: Julio César Londoño

Vuelven los bárbaros

Es necio negar la relevancia del papel de las religiones en el nacimiento de la civilización, “cuando fueron todo para todos”.

En la Antigüedad, la religión era código, autoridad, cosmología, anales, poesía. Para algunos antropólogos la humanidad empieza con el arte, para otros con las tumbas, esa “solución” de la muerte o por lo menos del encarte con el muerto, esa cosa que está y no está, principio y fin de lo sagrado. 

Los sacerdotes conservaron el arte y el conocimiento. La universidad es la suma de la escuela catedralicia y el taller del artesano. La escuela aportó los métodos que utilizaba para enseñar las cuatro artes del número (aritmética, geometría, astronomía y música) y las tres de la letra (retórica, lógica y gramática) y dos útiles, el tablero y la tiza. El artesano puso la técnica, los oficios, los del carpintero, el pintor, el vitralista, el armero, el albañil, el panadero, el viticultor.

Es en este momento —digamos siglos XIII y XIV, segundos más, segundos menos— cuando el mundo secular empieza a desbordar al mundo divino. Entorpecidas por el corsé del dogma, las teocracias no podrán seguir el vertiginoso ritmo de los sucesos que se avecinan. Comercio internacional. Bancos. Moda. Libros idénticos (¡incluso con el mismo error en la misma página!). Renacimiento. La aparición del individuo. El nacimiento del genio. La muerte de las musas. Retratos. Autobiografías. Anatomía. Fisonomía. Ilustración. Guillotina. Revoluciones burguesas. Máquinas.

La modernidad desvía el foco del cielo hacia el hombre. La pansofista “filosofía natural” se divide en materias especializadas. Un muchacho florentino arroja piedras, hojas, sapos y escupa desde lo alto de una torre, mide el tiempo de caída de los cuerpos con los latidos de su corazón, introduce el rigor numérico en la observación y funda la ciencia moderna. En adelante, la humanidad buscará criterios universales para dirimir los conflictos derivados de la diversidad de credos y costumbres. La ética primará sobre la moral. Nace una religión laica, los derechos humanos. La historia corrige las fábulas y las leyendas. Leemos el mito como metáfora, no literalmente. La astrofísica reemplaza las cosmologías.

Digo todo esto para mostrar que la secularización del mundo ha sido un proceso inteligente, lento y complejo, no un resultado arbitrario ni una maquinación de Satán.

Hoy, las religiones sobreviven como una actitud íntima, el diálogo fervoroso del creyente con sus dioses; pero en la esfera pública, el mundo es laico. Solo el 9% de las naciones son teocráticas. En los demás países no apedreamos a las adulteras, y redactamos nuestros códigos penales con el canon de los derechos humanos, no con las suras del Corán ni con los anatemas del Levítico.

Hasta hace unos 200 años el mundo se regía, como la naturaleza, por la ley del más fuerte. Por fortuna, hoy las leyes tienden a proteger a los débiles y a las minorías. Los pobres, las mujeres, los niños, los negros, los indios, los minusválidos y los gay tienen los mismos derechos de los blancos ricos. Hoy sentimos compasión por los animales y empezamos a preocuparnos por los minerales y los vegetales. En suma, hoy estamos más cerca de merecer ese hondo sustantivo, humanidad.

Pero también hoy, de paradójica manera, Colombia está tentada a retroceder 1.000 años y permitir el ultraje a los que no comulguen con el credo y los intereses de una facción medieval. Apoltronados en rabos de paja, sus líderes dan lecciones de moral, se jactan de sus mentiras y apenas disimulan la repugnancia que les produce la simple mención de la palabra paz.

El reto es vencerlos con armas nobles.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Julio César Londoño

Duque, 30 días

El poeta persa

La G china

Un domingo crucial

Me gustó más el de Macías