Por: Cecilia Orozco Tascón

Y ahora, ¿quién podrá defendernos?

Como decían los personajes amenazados de las historietas del ya legendario Chapulín Colorado, ¿quién podrá defendernos de los abusivos, de los poderosos, de los discriminadores, de los adinerados que van por la vida aplastando los bolsillos vacíos; de los fanáticos, de los bandidos de cuello blanco y conciencia sucia?

Lastimosamente, el antihéroe mexicano que caricaturizó al gringote Superman  no vendrá del cielo para ser el  abogado de los débiles y no tendremos quién nos garantice el respeto de los derechos que nos otorgó la Constitución. Primero, porque los que pueden hacerlo no mueven un dedo para impedir que “maten” al Chapulín; segundo, porque los únicos que se desplazan a sus anchas son, precisamente, sus enemigos marrulleros y clientelistas, corruptores de las más altas cortes del sistema judicial.

Se sabe que el Consejo Superior de la Judicatura cavó su tumba con los escándalos que acumularon sus miembros de las salas Administrativa y Disciplinaria: el de los botines del narco Giorgio Sale, Alfredo Escobar Araujo; el de la negociación del fallo de un militar preso por participar en falsos positivos, Henry Villarraga; el colectivo del carrusel de nombramientos para subir, de manera tramposa, las pensiones de jueces y magistrados. Se sabe que el Consejo de Estado ha sido constituido, y no pocas veces, por togados millonarios que no son fuente de derecho sino de transacciones. Y que obsesos fundamentalistas, Alejandro Ordóñez a la cabeza, torcieron los códigos hasta convertirlos en biblias falsas para victimizar a las minorías e implantar una teocracia diabólica. Se sabe que la admirable Corte Suprema del Palacio de Justicia secuestrada el nefasto año 85, la misma que se le plantó al autócrata presidente Uribe, fue permeada por hombres y también por mujeres caracterizados, no por sus conocimientos sino por su cinismo, su venalidad y grosería a tal punto que dos de sus expresidentes tuvieron que retirarse con pena y sin gloria.

El único tribunal que se había conservado —más o menos— a salvo de la debacle moral de la cúpula togada, era la Corte Constitucional enaltecida por muchos de sus miembros, Carlos Gaviria el mejor de ellos, pero abochornada por otros como Jorge Pretelt, acusado de indignidad, y por su pareja profesional Rodrigo Escobar Gil, emparentado con el señor de los mafio-botines. Sin embargo, nada en este país queda libre de entramados sucios. Ante la indiferencia del presidente Santos y de su anodino ministro de Justicia, la Corte Constitucional que debería seguir siendo nuestro Chapulín justo, podría transformarse en un monstruo que conspiraría contra los colombianos cuando se retiren los magistrados que nos brindan equidad e independencia en sus sentencias: María Victoria Calle, Luis Ernesto Vargas, Jorge Iván Palacio y, aunque en menor medida por su excesivo compromiso católico que lo hace distorsionar sus posiciones jurídicas, Gabriel Eduardo Mendoza.

Sus sillas vacías, sumadas a la del ominoso Pretelt, serían ocupadas por Martha Isabel Castañeda, que pasaría de repartir arbitrariedades y humillaciones en la Procuraduría, a “enseñar” humanidad en la Corte; por Carlos Ardila Ballesteros, que se deslizaría de la politiquería electoral para demostrar supuesta sabiduría profunda; Wilson Ruiz, lobista de profesión, que dejaría el canje de favores para volverse filósofo; Laura Marulanda que se levantaría del quirófano estético para mutar en pensadora de los derechos humanos. Sus mentores ascenderían, entonces, a la gloria: Alejandro Ordóñez y sus colegas amigas: Ruth Marina Díaz (expresidenta de la Suprema cuya obra más recordada es un paseo marítimo en crucero de lujo) y Margarita Cabello Blanco, actual vocera de esa corporación; Francisco Ricaurte, compañero de bufete de Díaz y cuya anulada elección no le impidió seguir cooptando puestos para su círculo. Y, sorpréndanse, Jorge Pretelt quien reviviría, en cuerpo ajeno en esa Corte, a través de los votos de los senadores costeños. El destino que nos depara el futuro es negro y sin el Chapulín.

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