Por: Alfredo Molano Bravo

Y entonces llegó Fidel

La Habana era un puteadero de sus vecinos puritanos del norte, y Cuba, la perdida perla de la Corona española, un inmenso campo azucarero norteamericano. Las quintas de El Vedado y El Laguito –bellas, fastuosas y enormes– dan cuenta de ese pasado.

Fidel entró en La Habana el 4 de enero de 1959. Yo terminaba tercer año de bachillerato y me habían expulsado ya de tres colegios. Mi admiración por la Revolución fue inmediata: hacía parte de una ola política que había derrotado antes dos dictadores: Rojas Pinilla en Colombia y Pérez Jiménez en Venezuela. Batista era el tercero. Faltaban Trujillo, en República Dominicana, y Somoza, en Nicaragua. Los barbudos guerrilleros –Fidel, el Che y Camilo Cienfuegos– fueron, desde entonces, las imágenes de un nuevo mundo que se abría paso a tiros. Su gran obstáculo era Estados Unidos.

Recuerdo las imágenes de Fidel en Nueva York, divulgadas por la revista Life, entrando al hotel Theresa, situado en el barrio de Harlem, donde se alojó cuando habló en la Asamblea de Naciones Unidas en 1960. Una afrenta al poder del establecimiento –blanco, protestante y sajón–. Al año siguiente, EE. UU. decretó el bloqueo a la isla cuando Fidel nacionalizó los ingenios azucareros, las compañías de electricidad y teléfonos y la banca, intereses norteamericanos. Mi admiración y, podría decir la de nuestra generación –quizá la última que sentía aun el robo de Panamá– , aumentaba con cada discurso en la Plaza de la Revolución, difundido por Radio Habana. En 1962, preparando exámenes finales en sexto bachillerato, Kennedy amenazaba con bombardear a Cuba si la Unión Soviética no desmontaba las ojivas nucleares que había instalado en la isla. Se estuvo a punto de la Tercera Guerra Mundial, según se decía. La URSS terminó, sin permiso del gobierno cubano, por retirar los cohetes.

El bloqueo económico y político a Cuba tuvo una enorme importancia sobre Colombia. Fidel y el Che se empeñaron en romperlo con la tesis de crear focos guerrilleros para empujar la revolución en América Latina. A Cuba comenzaron a llegar grupos de estudiantes para adiestrarse en lucha guerrillera. El primer grupo colombiano fue organizado por el Movimiento Obrero Estudiantil (MOEC), creado por Antonio Larrotta y miembros de la Juventud del MRL, de López Michelsen. En Cuba formaron el grupo José Antonio Galán, que fue la célula inicial del Eln, que aparecería en Simacota en 1965 encabezado por Fabio Vázquez Castaño y Víctor Medina Morón. Un año después, Camilo Torres se integraría al foco guerrillero.

Pero la revolución seguiría, pensábamos, porque de nuestra parte estaba la historia, justiciera eterna que les daba razón a quienes luchaban por la libertad. Éramos lectores infatigables y obsesivos de los grandes discursos de Fidel, La historia me Absolverá, la Primera y –sobre todo– la Segunda Declaración de La Habana. El hombre nuevo del Che Guevara estaba por nacer y nosotros, nuestra generación, seríamos los parteros de esa criatura. Fidel era para nosotros la luz del futuro, estábamos seguros de hacer historia, nuestro compromiso era dar la vida. La muerte de Camilo en Patio Cemento, un mes largo después de haberse integrado al Eln, nos salvó la vida a muchos porque a raíz de semejante tragedia, siguió una serie de fusilamientos en el grupo que nos detuvo a muchos de seguir sus pasos.

Sin embargo, Fidel continuaba su lucha contra el imperialismo y nosotros éramos, ante todo, fidelistas. Su dedo índice en la Plaza de la Revolución señalaba nuestro camino. La heroica participación cubana en las luchas anticolonialistas de África con la Operación Carlota volvió a encender nuestra fe en la causa de la Revolución Mundial, a pesar de la caída del Che en Bolivia. La derrota de EE. UU. en Vietnam nos decía que nuestro sueño era posible. Fidel sostenía con su fuerza y su ejemplo esa causa. El pueblo cubano sitiado por las necesidades contribuía a la guerra contra el Congo y contra el Apartheid desde Angola. Mientras tanto, el Eln se debatía entre la derrota y la esperanza después del golpe de Anorí en 1973.

Tuve la fortuna de saludar a Fidel en La Habana en 1998, cuando con el gobierno de Pastrana se inició un acercamiento con el Eln. En el Centro de Convenciones hicimos los invitados una larga fila al final de la cual Fidel nos saludaba uno por uno. Lo veíamos cada vez más cerca a medida que la fila corría. Sabía que era muy alto y muy fuerte, pero parados junto a él, todos parecíamos más pequeños y más débiles. Por eso, pensé, lo llamaban el Caballo. Delante de mí iba Pacho de Roux, tan pálido y nervioso como iba yo. Darle la mano a un sueño hecho persona era extraordinariamente emocionante. Cuando me tocó el turno, me dijo con una voz confidencial –que recuerdo silbante–: “Hay que ayudar a los muchachos”. Seguramente a todos nos diría lo mismo, pero para mí fue un instante en que la historia me daba una orden.

¡Hasta siempre, Comandante!

 

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