Por: Columnista invitado

¿Y los otros 15.868, qué?

Con toda la tinta que se ha regado sobre los diálogos entre el Gobierno y las Farc en La Habana, nadie parece tomar en serio los 15.868 desmovilizados que han abandonado las filas de las Farc y se han presentado al programa de reintegración del Gobierno de forma individual entre el 2003 y el 2016.

Por: Alex Fattal y Juan Felipe Forero *

De sus procesos podemos rescatar enseñanzas para la ruta de reintegración de los guerrilleros actuales de las Farc (tema vigente en la mesa de negociación ahora). La presencia de estos 15.868 exguerrilleros en el escenario posacuerdo es un elemento complejo que el Gobierno, las Farc y la sociedad deben tener en cuenta.

La falta de atención a estos desmovilizados resulta curiosa, antes que nada, por su magnitud. El número de guerrilleros de las Farc que han pasado por el proceso individual duplica los 7.000 combatientes farianos actuales, según cálculos del Ministerio de Defensa (las Farc manifiesta que tienen 10.000 guerrilleros armados). Si a eso se le suman los milicianos y familiares de los guerrilleros, la cifra de desmovilizados que saldrían del proceso en La Habana llegaría fácilmente a los 25.000. Entonces surge la pregunta, ¿cómo sería la relación entre los 15.868 desmovilizados individuales de 2003 a 2016 y los 25.000 desmovilizados del futuro proceso colectivo?

La cosa está complicada. En primer lugar, porque los estatutos de las Farc declaran a cualquier desertor un traidor, y la organización los condena a muerte en un juicio en ausencia. El Estado, por su parte, busca que esa gente “se queme” por completo al presionarlos a colaborar con la contrainsurgencia. Además de las bonificaciones que estimulan la delación, los desmovilizados individuales reciben unos beneficios que tienden al asistencialismo. La gran mayoría vive desarraigada en la periferia de las ciudades principales que ellos denominan “la montaña de concreto”. En la montaña de concreto sí corren un riesgo altísimo de rearmarse, con otro grupo, en otro escenario de la guerra que incluye las ciudades.

Al mismo tiempo, muchos de los desmovilizados individuales salieron de las Farc a punto de ser capturados por las Fuerzas Armadas, o porque los paramilitares los estaban buscando, o porque se pelearon con su comandante —entre muchas otras razones por las que se les complicó la vida en la insurgencia—. Por ende, muchos mantienen una simpatía por el proyecto político de las Farc, dada la formación ideológica que tuvieron desde temprana edad adentro de sus filas.

Así, la pregunta es: ¿Los nuevos desmovilizados de las Farc serán enemigos o amigos de los viejos? Seguramente la respuesta es ambos. Ante el enredo de este panorama, tanto las Farc como el Gobierno deben anticipar y manejar las dinámicas espinosas entre las dos categorías de desmovilizados. Por parte de las Farc, la organización debería declarar que sus desertores dejarán de ser objetivos militares. Primero, porque no habrá enfrentamiento militar, así que esa lógica de justicia revolucionaria no seguirá vigente. Segundo, porque al no decirlo las Farc deja la puerta abierta para que la extrema derecha siembre intrigas violentas entre las partes, explotando odios y cuentas pendientes.

Por todas esas razones, y otras que faltan por desarrollar, es mejor no hacernos los de la vista gorda con los desmovilizados frente a todo lo que se avecina. Y eso que ni hemos mencionado la situación de los 450 guerrilleros postulados a Justicia y Paz, en la que la gran mayoría ha quedado en un limbo jurídico —un trabajo periodístico que falta hacer—. En vez de polémicas, hace falta conocer y reseñar los procesos actuales de la desmovilización y reintegración, más que todo con la misma guerrilla, para no repetir los mismos errores de los últimos 13 años.

* Alex Fattal es profesor asistente en Penn State University. Juan Felipe Forero Duarte, estudiante de maestría, en University College London

 

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