Por: Isabella Portilla

Y si llama él, dile que me he ido

“Ha muerto trágicamente Alfonsina Storni, gran poeta de América”, titularon los periódicos la mañana del 25 de octubre de 1938.

Suiza. Nacionalizada argentina. Hija de buena familia, con fobias y filias. Maestra precoz. Tao Lao como poetisa. Alfonsina para sus amigos. La rapsoda lánguida, la del dulce daño, de la inquietud rosal, nació en Sala Capriasca, algún día de mayo de 1892. Aguerrida, desde muy joven quiso salir de casa y por eso se hizo actriz a los 16 años, edad a la que emprendió su primera gira teatral. En una Semana Santa le ofrecieron personificar a san Juan Evangelista, y como no le importaba fingir hombría, ni siquiera la de un santo, aceptó. Al día siguiente la prensa elogió su actuación. Rebelde, anárquica y transgresora. Poéticamente feroz. Feminista. Crítica. “Un mito iconográfico de un activismo resentido contra lo masculino”. Madre soltera sin complejos, madre de Alejandro, de cuyo padre se desconoce aún el nombre. Para algunos, romántica y sensual. Su vida: un racimo de sentimientos divididos entre el dolor, el amor o, acaso, una mezcla aventurada de las dos. Qué feliz se la veía junto a Horacio. Horacio Quiroga: su amante inconcluso, el admirador de Wagner, el cuentista uruguayo que siempre la entendió. Qué triste estaba, en cambio, perdida, abandonada y solitaria a la deriva del mar. Como en aquella tarde, cuando una ola golpeó su pecho y descubrió un bulto apretujado que se añadía a su cuerpo. Poco tiempo después se enteró de su enfermedad terminal. El cáncer de mama fue operado sin ningún éxito, entonces la actitud recalcitrante y nerviosa de sus días se incrementó. Neurótica. Perseguida. Tenía la sensación de que otras personas estaban molestas con ella. Insegura. Deleznable. Frágil. Pensaba que no podía devolver favores a quienes se lo hicieran. Con el paso lento y los ojos fríos y la boca muda, se dejó llevar. Paranoica. Hipocondríaca. Sospechaba estar enferma de tuberculosis. Neurasténica. De nervios blandos, debilitados, como la marea. Sus poemas fueron el reflejo de esos días que volaron despacio, como gaviotas tristes, hasta el último minuto de su muerte. Entregada en cuerpo y alma a las sosegadas aguas de Mar del Plata se fundió en el nácar, temerosa, pávida, fría, angustiada. Porque, a su juicio, como decía el poema escrito a Quiroga tras su suicidio, presagiando lo que diez años después sería su propio final: “Morir como tú, Horacio, en tus cabales, y así como en tus cuentos, no está mal”.

 

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