Por: Don Popo

Yo le confiaría mi hija a un Rafael...

“¡Ese catrehijue...”, fueron las primeras palabras en mi mente (dime si no pensaste lo mismo).

Desde ese día no había podido articular mis palabras con mis pensamientos al respecto; hasta ahora lo voy a tratar en esta columna. No sabía cómo describir lo que sentía: una rabia inmensa, una frustración profunda, un miedo desmesurado, que me subían desde el pecho por la garganta, hasta llegar a mi mente en candela para luego bajar al estómago, provocando náuseas, y sin poder escupir una sola palabra.

Estuve esquizofrénico toda esa semana, llamando a mi ex y la niñera; en mi mente escudriñando el perfil de todas las personas que conocía, en la ruta del colegio, los profesores, los papás de las amiguitas, mis vecinos del edificio, a todos los que se vieran “de bien”, y me preguntaba: “¿Este podría ser un Rafael?”.

Mi hija tiene siete años, la misma edad que Yuliana, igual de frágil. Siempre me había parecido que tiene miedo de los adultos. Así que, ese mismo fin de semana de los hechos, en un concierto que organizamos con el ICBF para promover la corresponsabilidad en la protección de los derechos de la niñez, la subí a la tarima y ante 3.000 personas, presentándoselas, le dije al micrófono: “No tengas miedo, mi amor, todos ellos son tus tíos y tus tías, no te harán daño, ellos te protegerán”. ¿Fue bueno decirle eso, no la estoy exponiendo? Pero me respondí: “No quiero que mi hija crezca con miedos ni inseguridades. Para eso estamos construyendo una nueva sociedad”… Y el lunes, viendo los titulares sobre Yuliana, pensé: “¡Por Dios, qué he hecho! ¡Mi hija! ¡Qué bruto!”.

Siempre he creído y confiado en la gente, desde mi trabajo y mi vida personal. Y siempre he luchado contra la estigmatización que se ha creado en ciertos grupos poblacionales. Nos han vendido que los malos, los demonios, los monstruos, el enemigo, son los pobres, los diferentes, de fenotipos fuertes (o sea, como yo). Pero Rafael, un baby face, cachetoncito, monito, bien vestido, rico, no encaja con ese concepto histórico de monstruo. ¡Yo le hubiese confiado mi hija! Los prejuicios y preconceptos de cómo es un malo se derrumbaron. (¿Podríamos decir que es un efecto positivo de esta desgracia?).

Rafael también nos ha derrumbado el imaginario de que una sociedad buena hace mejores humanos, que una persona que se cría con el amor de una familia, sin maltratos, sin padres consumidores, con acceso a los mejores servicios de salud (fisiológicos y psicológicos), en barrios sin riesgos, sin pobreza, graduado de los mejores colegios y universidades, donde el sistema sí ha funcionado, protegiendo, no debería tener razones para ser un catrehijuep...

Las personas que tuvieron más y mejores oportunidades en la vida, o las que las hemos alcanzado en el camino, tenemos una responsabilidad social, ética y moral mayor. Por eso, al cagarla, nuestro castigo y repudio social es peor.

En el concierto terminé diciéndole a mi hija: “No tengas miedo, ellos son como yo, personas del barrio, de pueblo. Ellos son buenos”. Ahora tengo que añadir: también los ricos…

¡Ayúdenme a mantener la fe!

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Don Popo

Un senador rapero

A través del cristal

¿Que los jóvenes y la política no?

¡Me echaron del Verde!