Por: Alvaro Forero Tascón

La oposición laureanista

Durante décadas se dijo que el problema de la democracia colombiana era la falta de oposición política. Hoy tenemos la oposición más virulenta de los últimos cincuenta años, y la mayoría de ciudadanos considera que, en lugar de avanzar, la democracia colombiana está retrocediendo hacia la venezolanización. Es cierto que está retrocediendo en términos del tono y de la calidad de la discusión política, pero hacia la política de mitad del siglo pasado en Colombia. Pero la culpa no es de la figura de la oposición, que es necesaria, sino de la manera caudillista y demagógica en que siempre se termina ejerciendo en Colombia.

La búsqueda por mejorar la oposición política partía del diagnóstico de que el bipartidismo se había convertido en unanimismo y que, por ende, la oposición haría que operara la separación de poderes y aumentara la participación política. Quienes estimaban que la violencia guerrillera era consecuencia del cerramiento del sistema político establecido por el Frente Nacional, creían que la pluralidad partidista era la solución. La Asamblea Constituyente tomó esa tesis y buscó abrir la democracia por vía de debilitar los partidos políticos tradicionales. Eso trajo la multiplicación de los partidos, pero no solucionó el problema de la baja calidad de la oposición a los gobiernos.

Fue el extremismo político que introdujo Álvaro Uribe el que consiguió que un partido tradicional —el Liberal— ejerciera la oposición por primera vez desde la expedición de la Constitución del 91 (antes, el gobierno de Virgilio Barco había intentado el esquema Gobierno/oposición). Pero la oposición liberal a Uribe tuvo la forma responsable en que la ejerció César Gaviria, apoyando la política de seguridad y limitando las críticas a temas estructurales, como la segunda reelección, y se atenuó porque el país pasaba por una especie de consenso sobre la seguridad. Sin la oposición del liberalismo habría sido prácticamente imposible tejer el clima político en que la Corte Constitucional pudo detener la segunda reelección de Uribe sin sobresaltos institucionales.

Hoy existen dos clases de oposición política al Gobierno, porque la candidatura de Enrique Peñalosa es más una alternativa, y no se sabe si la Alianza Verde ejercerá oposición parlamentaria. La del Polo Democrático, que se ajusta a la teoría tradicional porque es partidista, se ejerce desde el Congreso y tiene coherencia ideológica e histórica. Y la uribista, que apenas está en camino de institucionalizarse, pero ya tiene un marcado parecido con el tipo de oposición que se ejerció en los años treinta y cuarenta del siglo pasado, y cuyo símbolo fue Laureano Gómez. La oposición que ejerce Uribe se parece no sólo en lo ideológico, de derecha extrema, sino en el estilo caudillista, incendiario y temerario que usaba el caudillo conservador.

Pero el parecido de la oposición actual con la de la primera década del siglo XX va más allá del estilo. Tiene una explicación histórica, responde a factores similares —la oposición a cambios en la distribución y el derecho de propiedad de la tierra, principalmente— y utiliza los mismos métodos —el odio contra las Farc, contra Santos y ahora contra los partidos de la coalición de Gobierno— y el apego a la violencia para mantener el statu quo.

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2014-05-11T21:29:49-05:00

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