Por: Rodolfo Arango

Optimismo

A veces es bueno llevar la contraria. Quizá sólo para forzar a la reflexión y hacer salir de la comodidad a quienes insisten en discursos trillados. ¡Que a Colombia se la tomó el castrochavismo! ¡Que la ideología de género pretende volver homosexuales a nuestros hijos! ¡Que el Gobierno y las Farc planean desconocer la propiedad privada y eliminar la libre empresa! Suficientes nubarrones serios se avistan en el horizonte como para que además caigamos en la trampa de la manipulación y el miedo. Por eso podríamos darle una oportunidad al optimismo de cara a las elecciones de 2018.

Razones poderosas para estar optimistas son el silencio de los fusiles y la caída vertiginosa de las muertes, secuestros, mutilaciones por minas y reclutamientos de menores. Tan importantes son estos hechos de paz que el Eln ya condena el uso de la violencia y, con suerte, ojalá pronto pase del dicho al hecho. Hasta el impetuoso Donald Trump ha visto conveniente montarse en la ola de la paz, sin atender los llamados tremendistas de algunos expresidentes, más centrados en la recuperación del poder que en la defensa de valores y principios.

Otro signo esperanzador es el retorno a la política de grandes dirigentes que pronto podrían desplazar a los políticos clientelistas del Odebrecht en 2010 y 2014. Generaciones con más oportunidades educativas cambian las exigencias que la población eleva a sus representantes. Las alianzas entre políticos profesionales y poderes económicos, legales e ilegales, pronto serán insuficientes para asegurar la hegemonía en el poder político. No sólo porque los jóvenes presionan por un mundo mejor, sino porque las reformas política y rural, aunque incipientes y con grandes sacrificios para pequeños partidos y movimientos, abrirán nuevos espacios a otros actores y organizaciones populares.

Si la población capacitada para votar sale de la apatía; si no vota por el que cree que va a ganar; si vence el derrotismo y apoya candidatos y programas sólidos y convincentes; es bien posible que haya sorpresas en las próximas elecciones. Los desteñidos partidos tradicionales y el deseo de volver al poder incluso negando los hechos de paz recibirán castigo en las urnas. Ya inicia el año electoral y la opinión pública está llamada a volverse más exigente en el escrutinio de las ejecutorias y de los candidatos. Un avance notorio sería que se fomente y premie la discusión de las ideas en el debate público, no la descalificación del adversario o la manipulación de los miedos.

Con optimismo y confianza en un futuro mejor podremos liberar tiempo y recursos para combatir la violencia contra los niños y las mujeres, el abandono de la educación rural y la corrupción en la salud. El país no soporta más el abandono de poblaciones enteras sometidas al saqueo y asfixiadas por el centralismo; sociedades dominadas por economías de enclave más propias de la colonia que de un país basado en el trabajo digno y la solidaridad.

Las recientes marchas masivas de educadores, trabajadores públicos y comunidades afrodescendientes arrojan luz de esperanza en la revitalización de la participación política. De la rebeldía y la protesta es necesario pasar al ejercicio de los derechos a elegir y ser elegido. Los sacrificios de personas y sectores desfavorecidos claman por convertirse en hechos transformadores. Es tiempo de abandonar el extremismo revolucionario y sus dimensiones escatológicas. Mejor que ello es calzar las botas pantaneras que permitan destapar las cañerías de nuestra democracia, tan venida a menos por la degradación de la guerra, las alianzas políticas con criminales y la ambición del dinero fácil.

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