Por: Mauricio García Villegas

Optimismo constitucional

La fe en Dios no es el resultado de la razón, sino de la voluntad.

Los creyentes tienen fe porque han decidido creer; no porque tengan buenas razones para creer; así se liberan de las tormentas de la duda, se ilusionan con la esperanza en un más allá y llevan una vida más serena (hay un cierto egocentrismo en la decisión de tener fe). Quienes no creemos, en cambio, hemos preferido aceptar las evidencias de la finitud y afrontar el vértigo de la intrascendencia.

Yo, sin embargo, como los creyentes, pienso que a veces es necesario forzar la razón (a pesar de las evidencias) y optar por creer, por tener fe; pero no hablo de creer en dioses o en cielos, sino de creer en cosas más mundanas, como proyectos personales, ideales políticos o empresas sociales. Al menos esa es la decisión que yo he tomado con respecto a la Constitución de 1991.

Son muchas las críticas razonables y bien fundadas que contra la Constitución han sido formuladas esta semana, al cumplirse los veinte años de su promulgación. Así por ejemplo, Juan Gabriel Gómez, en la última entrada de su blog (publicado en este diario) sostiene, haciendo eco de lo dicho por Gerarld Rosenberg en The Hollow Hope, que la Constitución de 1991 representa una esperanza vacía. Según Juan Gabriel Gómez, la nueva Carta no cumplió con la promesa de generar una sociedad más incluyente y por eso mismo es una ilusión engañosa que debemos evitar.

Estoy de acuerdo con Juan Gabriel en que la Constitución cColombiana hizo muchas promesas que no se han cumplido y es poco probable que se cumplan en el corto plazo. Sin embargo, no me parece que éste sea un buen motivo para quitarle el apoyo a la Carta y eso por al menos dos razones: en primer lugar, porque las constituciones son proyectos de sociedad de largo plazo y veinte años es poco tiempo para juzgarlas definitivamente; y en segundo lugar, porque la suerte de las aspiraciones constitucionales depende, en buena medida, de que creamos en ellas. La decisión de creer (de tener fe, si se quiere) a pesar de las dificultades y de las frustraciones, es una condición indispensable para que el proyecto tenga éxito. Como quien dice, la fe hace el milagro (o al menos, hace parte del milagro) y ello debido a que funciona como una profecía auto-cumplida; al creer en el éxito, logra el éxito. A la inversa, el pesimismo constitucional puede terminar siendo la causa del fracaso del proyecto (como cuando los rumores de que un banco va a quebrar hacen que los clientes retiren el dinero y quiebran al banco).

Por eso, me parece que, además de leer a Rosenberg, también debemos leer a quienes tienen una opinión contraria sobre la capacidad del derecho para producir cambios sociales. En particular, creo que hay que leer a Michael McCann, sobre todo su libro Rights at Work, en donde hace una crítica muy bien fundada de las tesis expuestas en The Hollow Hope.

Si el proyecto constitucional de 1991 encarna un modelo de sociedad que vale la pena y si sus posibilidades de realización siguen en pie (como yo creo) a pesar de las dificultades y de los errores, me parece que debemos apostar por su éxito y participar en su construcción. Ahora bien, la decisión de creer en el proyecto constitucional no excluye la crítica ni el reconocimiento de los errores.

Quizás lo que estoy tratando de decir se exprese mejor con la célebre recomendación formulada por Antonio Gramsci de “cultivar el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad”.
 

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