Por: Saúl Franco

Opulencia y pobreza en el fútbol

Me gusta mucho el fútbol. Actualmente disfruto más viéndolo por televisión en la casa que jugándolo en las canchas. Lo admiro como deporte colectivo, como juego inteligente de estrategias y tácticas, como mezcla de disciplina y creatividad individuales y colectivas, y como evento emocionante, de resultados sorprendentes.

El fútbol es deporte, espectáculo de masas, pasión de hinchas y países, y opción profesional de algunos. Pero se ha convertido también en un negocio. Un negocio globalizado, multimillonario y terriblemente inequitativo. Y con frecuencia se abusa de él con fines ideológico-políticos. A pesar de estar en vísperas de la definición de los equipos que participarán en el próximo mundial —o tal vez por eso mismo— quiero referirme hoy a algunos de los hechos que enturbian y cuestionan el mundo del fútbol.

Se han vuelto astronómicas las cantidades de dinero que mueve este deporte. Así lo demuestran los US$261 millones que pagó hace poco el París Saint-Germain por el pase de Neymar, el fichaje más caro en la historia del fútbol. Ninguna boleta al Mundial de Rusia costará menos de US$100. Las hay hasta de US$1.100, antes de la reventa, y se venderán millones de ellas. Los ingresos de la FIFA en 2016 fueron del orden de los US$5.700 millones y su presidente, Joseph Blatter, ganó en 2015 US$3,7 millones. Ni la FIFA ni Blatter han aclarado ni purgado suficientemente el reciente escándalo de corrupción, de proporciones e implicaciones también astronómicas.

Las inequidades se hacen inocultables cuando se comparan las condiciones de contratación y trabajo, y los niveles de ingreso de los futbolistas en distintos países y clubes. Un informe de la Unión Mundial de Futbolistas Profesionales, publicado a finales del año pasado y realizado por la Universidad de Manchester a partir de más de 13.000 encuestas en 54 países, suministra información tan valiosa como preocupante.

Encontró que, a nivel mundial, uno de cada cinco futbolistas gana menos de US$336 por mes. El 45% del total gana mensualmente menos de US$1.100. La peor situación salarial se da en África, en donde tal porcentaje se incrementa hasta el 73%. En Colombia, según datos de la Asociación Colombiana de Futbolistas Profesionales, Acolfutpro, el 60% gana entre US$250 y US$680 y sólo el 20% gana más de US$700. Mientras tanto, el salario mensual de Neymar es superior a los US$3 millones, y el de Radamel Falcao García en el Mónaco es de US$1,6 millones.

El nivel educativo de los futbolistas profesionales es muy precario. En el mundo, más del 70% no ha terminado bachillerato y sólo el 12% tiene algún nivel de estudios universitarios. En Colombia, el 60% sólo tiene estudios de primaria y apenas el 2% ha alcanzado algún nivel universitario.

La estabilidad laboral de los futbolistas es igualmente precaria. Y, dado que tres de cada cuatro jugadores profesionales de fútbol tienen entre 18 y 28 años, el desempleo es muy precoz. Acolfutpro tiene en Cali y Medellín, organizados en equipos, a cerca de 60 futbolistas profesionales desempleados, a la espera de algún contrato. La violencia física, que padece el 10% de los jugadores en el mundo, y la discriminación, en especial contra los extranjeros (la padece el 17%), también hacen parte de esta cara sombría del fútbol. 

Ni la belleza del espectáculo, ni el fervor que provoca el fútbol deben servir de cortina de humo o justificación incuestionable para la explotación laboral, las discriminaciones, el enriquecimiento desmedido de algunos, la corrupción y la persistencia de grandes inequidades. Tampoco se le puede pedir al mercado el establecimiento de pautas y topes contrarios a sus intereses. Además de legislaciones fiscales y laborales adecuadas, expedidas por gobiernos e instituciones sectoriales, se requiere que, como parte de la ética pública, vayamos construyendo consensos justos que fundamenten y orienten las diferentes dimensiones y actividades de una realidad tan masiva, emotiva y significativa como el fútbol en la sociedad actual.

* Médico social.

 

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