Por: Diana Castro Benetti

Oráculos

Los oráculos son una puerta a los misterios y a esos enigmas que le dan picante a una vida cargada de cotidianidades, evidencias y rutinas. Cualquier augurio nos saca del tedio de los días y deja lo obvio para después; permite un asomo a todo aquello que nos parece incontrolable al utilizar, como excusa, los deseos y las ilusiones de un futuro siempre mejor.

Oráculos hay de todo tipo. Los hay que vienen desde el antiguo Egipto llenos de escarabajos de inmortalidad y también los que han recogido las arenas de los ríos de Asia. Existen otros que son las piedras talladas de tiempos y espacios nórdicos o que son tenues líneas con comentarios fragmentados de políticos chinos, como por ejemplo el I Ching y Confucio. Cada oráculo sabe que le debe respuestas al que pregunta y tiene sus únicas maneras de regalarlas o sus caminos secretos para decir las verdades que no quieren ser escuchadas. Poco conoce de mentiras, aunque quien pregunte sólo esté en disposición de escuchar lo que le interesa y el intérprete se crea verdadero en sus realidades de parcialidad.

Los oráculos son productos culturales relacionados con rituales y juegos de conciencia. Y, a pesar de que son utilizados como herramientas para las estrategias de vidas descoloridas, siguen siendo tan sagrados como inasibles. Diversos, simplificados, traducidos o modificados, no hay manera de evitar su embrujo ni de caer en sus redes, porque los oráculos ofrecen lo que no puede ser comprado: felicidades, encuentros, sorpresas, bodas, despedidas, certezas, achaques y hasta codiciosos enemigos. Incluso, permiten las preguntas más inoficiosas porque, cada uno y a su manera, responderá lo que no queremos aceptar: nuestra responsabilidad en la construcción de los destinos propios o comunes.

No hay camino más directo hacia el desafine de la voluntad individual que las preguntas recurrentes sobre maridos, amantes, viajes, embarazos o ambiciones y profesionales. Y tampoco hay itinerario más exquisito hacia la vida consciente que aceptar que un oráculo sólo puede mostrar lo que queremos ver. Consultante, pregunta e intérprete son un sistema de sensaciones y deseos que, bien utilizado, llevará a develar aquello que jamás querríamos o podríamos aceptar; pero quien se deja atrapar por un presagio, entrega su poder. Como en Delfos y dicho por Jung, un oráculo es una curiosidad, un juego, un ritual y una acción que invoca el

Principio de sincronicidad, ese único principio que nos religa a lo que siempre hemos sido: menos azar y más expresión creativa de nuestra conciencia.

 

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