Orates en el poder: ¡ajúa!

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Los locos en puestos de poder y mando pueden considerarse una carga insoportable en un país con la debilidad institucional de Colombia. Si se les suma un número alto de otros funcionarios, estos no tan locos pero sí agresivos frente al control social debido a que se creen dueños eternos de sus posiciones oficiales, tendremos que admitir que enfrentamos una crisis de democracia peor que la producida por la pandemia y sus consecuentes cuarentenas. Pues, eso tenemos en la era Duque. Empezando por el presidente, que no impacta por la superioridad de conocimientos, la firmeza de carácter o las dotes de líder, no hay entre su gabinete —incluida su vicepresidenta—, sus directores, sus comandantes y hasta los servidores de otras ramas que han sido elegidos con su concurso, un solo personaje que descuelle sobre los demás por su gran estatura moral o intelectual. Más bien reina la desfachatez, y su rasero —¿por qué no decirlo?— es la mediocridad.

Por definición, el comandante del Ejército es el jefe de la tropa, el más fuerte pero también el prudente que calla, el que sabe cuándo habla, cuándo se repliega, cuándo avanza y, ante todo, hacia dónde va; el que huele, primero que los demás, las trampas y no cae ni deja caer a sus hombres en estas. Bueno, ¿le han seguido la pista al general Zapateiro? Sucesor de general Nicacio Martínez (el oficial que tuvo que retirarse debido a las revelaciones sobre una nueva ola de espionaje militar ilegal que apuntaba a blancos inocentes, “culpables” de ejercer la oposición política o el periodismo libre), Zapateiro fue designado por Duque el día antes de terminar 2019, 30 de diciembre (ver), durante un florido discurso en que alabó tanto a Martínez que no termina de entenderse por qué lo echó.

Un mes después del homenaje y ya en funciones, este maravilloso oficial del glorioso Ejército Nacional le presentó “a la familia de (alias) Popeye nuestras sentidas condolencias” por su fallecimiento. Recordó, en esa grabación de video cuyo escenario fue su despacho oficial, su escritorio y, detrás, las banderas de Colombia y de su fuerza, que “hoy (6 de febrero de 2020) ha muerto un colombiano” y que sin importar lo que hubiera pasado en su vida, según resaltó, “el Ejército Nacional en cabeza de su comandante … lamenta mucho la partida de Popeye” (ver). A quienes por su juventud no tienen en la memoria “lo que pasó en la vida” del asesino al que el general despidió de manera tan conmovedora, hay que contarles que Popeye fue uno de los sicarios predilectos del narcotraficante Pablo Escobar, y que fue autor y coautor de unos 3.000 asesinatos, torturas y masacres. El dolor que volvieron a sentir las 15.000 o 20.000 víctimas directas del criminal Popeye, ante tamaño agravio, habría sido suficiente para destituir al militar que manchó su honor y el de la patria, para expresarlo en términos castrenses. Como es usual, no pasó nada después de unas protestas que no tuvieron eco en la Casa de Nariño en donde el nominador de Zapateiro no se dio por enterado de la magnitud de la ofensa a la ciudadanía decente de Colombia.

Tres meses después el comandante Zapateiro fue muy bien ataviado y sin una arruga en su uniforme a una entrevista en el canal RCN con su director, Juan Lozano. Al terminar, el general se dio gusto. En tono exaltado, con voz temblorosa de la emoción y como si un diablo hubiera tomado posesión de su cuerpo, se despidió: “¡Gracias por permitirme hablarle a mi pueblo, el pueblo, la tierra donde nací! ¡Y que no les voy a fallar a ustedes! (sic) … ¡Aquí no puede haber un hombre, un hombre, una mujer, un soldado que en todas sus calificaciones y grados vaya a manchar y a enlodar todo lo que en 200 años hemos construido!”. Llegando a un estado de paroxismo que Lozano miraba con asombro, Zapateiro terminó mientras movía enérgicamente sus puños: “¡Patria, honor, lealtad! ¡¡Ajúa!!”. El director del noticiero, anonadado, solo atinó a despedirlo: “Muchas gracias, general Zapateiro” (ver).

La semana pasada, se conocieron dos nuevas piezas de su personalidad: una carta de controversia política que, por supuesto, no le corresponde escribir a un oficial en servicio activo, menos aún con la responsabilidad de la comandancia del Ejército en sus hombros, al expresidente Samper por un trino con sentido confuso que este publicó. Desde luego, el general debió obedecer órdenes del ministro Trujillo y del presidente Duque. Locos también, pues ellos podían legítimamente pedirle explicaciones al exmandatario. Y, por último, se conoció otra grabación, esta vez en audio, de un discurso que Zapateiro les dio por radio a los sargentos de su arma por los escandalosos episodios de violaciones sexuales a niños menores de 14 años, por parte de 118 uniformados, de acuerdo con lo que el Ejército ha aceptado. De nuevo, lució su estilo: los gritos, las frases, la altanería, la amenaza y la ridiculización del otro (oír). Con razón, el portal Las2Orillas no tuvo empacho en titular con la frase de un crítico en las redes: “¿Alguna duda de que Zapateiro es un loco fanático?”. Retrato del extraño personaje en quien reposa la seguridad nacional.

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