Por: Eduardo Sarmiento

Orden mundial y tipos de cambio

Luego de tres años de la crisis de 2008, Estados Unidos no ha recuperado las tasas de crecimiento ni revertido el elevado desempleo.

La política de inundación de liquidez y de cuantioso déficit fiscal, sacó la economía de la profunda recesión, pero no era sostenible. Así se percibió a mediados de 2010, cuando la actividad productiva decayó y el desplome se evitó con una intervención sin precedentes de la Reserva Federal en la compra de títulos del tesoro.

 Los fracasos reiterados de Estados Unidos han servido para ilustrar la invalidez de las concepciones tradicionales que establecen que las políticas monetarias y fiscales son suficientes para asegurar la plena capacidad y el empleo. Cuando la tasa de interés llega a cero, la política monetaria pierde fuerza; su efecto tiene lugar por conducto de la valorización de activos y la devaluación del tipo de cambio que no pueden mantenerse indefinidamente. Por su parte, la política fiscal tiene un efecto por una sola vez y su ampliación enfrenta todo tipo de resistencias.

Lo cierto es que la presión de los Republicanos para reducir el déficit fiscal llevó, al comienzo del año, a encauzar la economía dentro de la visión ortodoxa de reemplazarlo por la ampliación de la liquidez. Como el impacto de la política monetaria es mucho menor que el de la reducción del déficit fiscal, el crecimiento regreso a 1,8% y el desempleo a  9%.

El panorama de las economías europeas no es muy distinto; la región no ha logrado salir de tasas de crecimiento de 1%. Las economías intermedias dependientes de las exportaciones, entre las cuales se destacan España, Irlanda, Portugal y Grecia, no han superado el exceso de ahorro y déficit en cuenta corriente. El intento de corregir las dos deficiencias, dentro del marco del euro, con políticas monetarias y fiscales, fracasó. Un propósito se logra agravando el otro.

Para completar, las economías emergentes que operan con tasas de cambio flexibles se ven abocadas a entradas de divisas que presionan la revaluación indefinida y amenazan con devastar la industria. Si bien el proceso se ha moderado con intervenciones esporádicas y controles de capitales, en la práctica han resultado insuficientes. La revaluación solo puede revertirse con una modalidad de tipo de cambio fijo que le de prioridad a la regulación cambiaria sobre el control monetario.

El panorama es incierto. Luego de causar la crisis de 2008, el orden económico impide la normalización de la producción y el empleo en Estados Unidos, mantiene en recesión a los países medianos de Europa y amenaza con arrasar la industria y la agricultura en los países emergentes dotados de recursos naturales. Por lo demás, la corrección de una de esas situaciones resulta en el empeoramiento de las otras. La verdad es que el orden existente basado en tasas de cambio flexibles y el manejo aislado de las políticas fiscales y monetarias, que operó durante más de 40 años, colapsó.

Infortunadamente, esta realidad no ha sido asimilada por los líderes mundiales, que insisten en las mismas políticas inspiradas en teorías e instituciones fallidas. No advierten que la intervención abierta, e incluso concertada de los tipos de cambio, es una condición necesaria para reactivar y estabilizar las economías que operan con excesos de ahorro y déficit creciente de la balanza de pagos, y aun más importante, para iniciar la construcción de un nuevo orden económico internacional.

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