Por: Alvaro Forero Tascón

Ordeñando a Petro

A punto de agotarse electoralmente el enemigo del que había vivido siempre —las Farc—, al uribismo se le apareció no la Virgen, sino Gustavo Petro.

Las encuestas muestran que las Farc han dejado de ser el tema decisivo electoralmente para los colombianos, después de definir las últimas cinco elecciones presidenciales. En buena parte porque el proceso de paz se ha ido encargando de desmontar las acusaciones populistas en su contra.

El fin del conflicto con las Farc está produciendo consecuencias electorales grandes. Primero, le permitió a la izquierda ser competitiva por primera vez. Segundo, posibilitó el surgimiento electoral de temas apremiantes como la corrupción, eclipsados durante años por el afán antiguerrillero. Tercero, debilitó el sistema de partidos en la medida en que fortaleció las propuestas electorales radicales sobre el poder estatal local. Y cuarto, redujo el atractivo del populismo anti-Farc que controla la política colombiana desde hace más de 15 años.

El primer factor permitió el ascenso de Gustavo Petro. El segundo, la competitividad de Sergio Fajardo. El tercero, las dificultades de Germán Vargas Lleras en las encuestas. Y el cuarto, la transición temporal del uribismo, de proyecto político populista a contrincante del populismo.

Pero no solamente el fin del conflicto con las Farc es responsable de estas consecuencias electorales. También lo es el factor que se le contrapuso: el populismo anti-Farc que ejerció la oposición uribista contra el proceso de paz. Ese populismo se basó en dividir a la sociedad entre el pueblo puro, que encarnaba caudillistamente el expresidente Álvaro Uribe, y la élite política conformada por el gobierno Santos, los partidos que apoyaron el proceso, las cortes que lo avalaron jurídicamente y los medios de comunicación que lo explicaron, supuestamente articulados por la “corrupta mermelada”. La estrategia populista se dirigió a deslegitimar las instituciones “enmermeladas” y a “emberracar” a la ciudadanía, y fue exitosa.

Sin embargo, no logró evitar que el proceso de paz diluyera paulatinamente la influencia política de las Farc, con lo que el uribismo se fue quedando sin una bandera rentable. Las afugias electorales de su candidato, que no repuntaba en las encuestas, lo llevaron a buscar fortalecerse con la consulta. Y en ese momento se le apareció la Virgen al uribismo.

El principal beneficiado en las encuestas de deslegitimar las instituciones y de acusar de corrupción a la élite política fue el representante del antiestablecimiento Petro, quien ante el rechazo de los candidatos de centro izquierda terminó inventándose la estrategia de posicionarse como el anti-Uribe. Esa dinámica cambió la fragmentación de la campaña por la polarización entre los extremos del espectro político.

Paradójicamente, con la estrategia populista anti-Farc, el uribismo generó un hecho colateral, el surgimiento de un fenómeno populista de izquierda que terminó reemplazando el falso fantasma castrochavista por el petrochavista, y que le está permitiendo lavar su patrimonio populista, basado en la rabia y el autoritarismo, solo por atajar a Petro.

Quien definió la campaña fue Petro, pero el beneficiario es Duque. Solo tiene que maquillar al uribismo populista ordeñando a Petro desde su alfombra voladora.

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