Por: Alberto Donadio

¿Orgía?

NO HAY "LUGARES DE MEMORIA Y de culto" para recordar La Violencia que se inició en 1946 y produjo cien mil, tal vez doscientos mil muertos, en el decenio siguiente.

Lo dice la publicación ilustrada 200 años de identidad, de la Universidad Nacional y de la revista Semana. Es una vergüenza. No hay un monumento, una placa, una calle para recordar el corte de franela.

Mucho bicentenario y nada se hizo para enmendar la omisión. La Violencia también es parte de la historia de estos 200 años. Pero crear “lugares de memoria” implica reabrir la herida y admitir sin ambages que La Violencia fue en buena parte violencia oficial, violencia de los agentes del gobierno contra ciudadanos inermes. Lo reconocen la UN y Semana cuando hablan de los escuadrones de la muerte creados con anuencia del gobierno y los jefes conservadores. Pero luego la publicación duda, porque describe La Violencia como “orgía de sangre”, “espiral de barbarie”, “paroxismo de muerte”. Con ese criterio, la historia de Suráfrica también sería otra orgía de sangre, porque el Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela apeló a actos sangrientos en la lucha contra el apartheid. Y Sudáfrica lo que vivió fue la opresión inhumana e infame de una mayoría negra por una minoría blanca.

Asombra que la UN pretenda ahora, tardía y subrepticiamente, absolver a los godos y nos diga que “guerrilleros, pájaros, bandidos y policías impartían su odio”, como si todos fueran iguales. No es lo mismo destilar odio para robar fincas, la violencia privada que también se dio en esos años, que usar las armas oficiales para aniquilar a la mayoría liberal. Hay un caso que ilustra, plenamente documentado. Octubre 22 de 1949, postrimerías del gobierno godo de Mariano Ospina Pérez. Sábado por la noche. En el centro de Cali, en un solar, funciona la Casa Liberal. Habla el representante Hernán Isaías Ibarra ante liberales desarmados. Llama a Laureano Gómez asesino. Con precisión profética. Con valor que lo enaltece. En ese instante unos matones entran disparando. Salen, luego entran policías uniformados, siguen disparando. Se retiran. Después entran soldados del ejército, siguen disparando. ¿Saldo de la orgía? Quince muertos, unos setenta heridos. Ese mismo sábado, a pocas cuadras de la Casa Liberal, se festeja el ascenso a general de Gustavo Rojas Pinilla, comandante de la Tercera Brigada. Gurropín informa por telegrama a Bogotá que los liberales armados con granadas y bombas explosivas habían atacado previamente la sede del detectivismo (precursor del DAS). Falso de toda falsedad. El médico Carlos Bonilla Aragón estuvo en la Casa Liberal, de puro curioso, se salvó de milagro y fue testigo del ataque a mansalva y sobre seguro. En la Casa Liberal nadie tenía armas.

Ejemplos como este hay muchos. También en el 49 entraron los policías chulavitas a El Carmen, municipio liberal, y obligaron a unos liberales desarmados a cavar una fosa y los enterraron vivos. ¿Orgía de sangre? No. Masacre oficial, matanza del gobierno conservador. Los policías fueron a El Carmen por orden del gobernador Lucio Pabón Núñez, perdón, del doctor Pavor Núñez, el mismo preclaro sujeto que en 1953, como ministro de Gobierno, escribió en el discurso de posesión de Gurropín: “No más sangre, no más depredaciones en nombre de ningún partido político, no más rencillas entre hijos de la misma Colombia inmortal”. De Pavor Núñez no se espera ni la verdad ni el rigor histórico. De la UN sí. Con paroxismo frenético.

 

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