Orgullo y prejuicio

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Durante largos años he leído memorias de políticos y ciudadanos neogranadinos y colombianos, así como de viajeros de varias nacionalidades que por razones diversas visitaron nuestro país. Una cosa en común, rara vez notada, que tienen casi todas ellas es el simple orgullo, carente de agresividad, que sentían los habitantes de este territorio por vivir en una república. Cierto: al parecer compartían con sus descendientes de hoy la sensación ya entronizada de despelote permanente, de penuria material, de incertidumbre. Pero valoraban el régimen republicano que creían estar construyendo y las dignidades que entrañaba.

Me pregunto, al ver el rendido tributo al Gobierno que se ven obligados a expresar distintos medios, funcionarios y comentaristas por el tardío arribo a nuestro país de un menguado lote de vacunas contra el COVID, si esta intuición básica no se nos perdió en algún momento de nuestra trayectoria histórica. Qué terrible ingratitud no hacer el reconocimiento apropiado de semejante logro, es el reproche que he oído una y otra vez. Por supuesto: tenemos que agradecer, replican otros en nombre de la ponderación. No hablemos ya del jolgorio que se ha armado alrededor de todo el evento, con fanfarrias oficiales, viajes a distribuir “los biológicos” para que “no fallezca” la gente y discursos ministeriales acerca de la necesidad de “tirar todos para el mismo lado”.

Les confieso: esta rumba no me cuadra. Me quedo con la tranquila dignidad de aquel mundo neogranadino. ¿Por qué? Primero, los hechos no dan para ninguna celebración. Las vacunas llegaron bastante tarde. Son poquísimas. Lo que hemos visto en estos meses de pandemia ha sido un relajo, con extraños episodios que necesitan una explicación (por ejemplo, ¿por qué les tiraron la puerta en las narices a los rusos cuando nos ofrecieron su vacuna? ¿Qué hizo el gerente de la pandemia, aparte de ganarse un buen refugio diplomático? Volveré a estas cosas). Y el relajo continúa. No veo la logística, no veo la organización, no veo la capacidad mínima de mejorar el desempeño.

Puede ser que me equivoque. Quisiera con todas mis fuerzas que fuera así. Entre otras cosas, porque también creo que es menester reconocerles a los gobiernos las cosas buenas que consigan (algo que, a propósito, nunca hizo el Centro Democrático en la oposición, pero eso es otro tema). Esto me lleva al segundo punto: el de las actitudes y las pasiones. Por supuesto que la ingratitud es un feo defecto; de hecho, creo que uno de los más condenables y bajos. El problema es que la extrapolación mecánica de la vida privada a la pública conduce inevitablemente a trampas cognitivas y políticas: ni el presidente es “el padre de la nación” —como alguna vez quiso que lo fuera entre nosotros el malogrado ex comisionado de Paz Luis Carlos Restrepo—, ni los ciudadanos tenemos que sentir que somos su dependiente progenie. Un principio básico de gobierno en una república es que el mandatario rinde cuentas ante sus gobernados y estos las exigen: se trata no sólo de una afirmación de derechos básicos, sino de un mecanismo clave para mejorar gradualmente la calidad de la gobernanza. La nación de clientes y mendigos con la que sueñan el uribismo y los medios que le sirven de caja de resonancia podrá henchir los corazones y rebosarlos de optimismo, pero rara vez generará resultados.

Por si las dudas: esa vida republicana a la que me refiero no tiene por qué ser exaltada; simplemente es severa y rigurosa. El agradecimiento está bien. Pero el orgullo, un mínimo de respeto a sí mismo, sobre todo en una sociedad tan desigual como la nuestra, no necesariamente es prejuicioso; por el contrario, está detrás de muchos desenlaces positivos, como lo intuyó esa gran novelista que fue Jane Austen, en cuyo homenaje titulé esta columna. ¿Quieren buenas políticas públicas? Entonces, parafraseando a nuestro triste caudillo, la vía es “exigir, exigir y exigir”.

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