Por: Reinaldo Spitaletta

Osama-Obama

"¡Luces, cámara, acción!". Esta es una nueva producción hollywoodesca, con dos actores estelares: Osama y Obama, muy parecidos, solo una letra de diferencia, y tal vez una barba y un poquito más oscuro uno que el otro. Pero Osama (¿o será Obama?) es –era- un monstruo creado por la CIA, como lo fue, por ejemplo, el iraquí Hussein. O como el panameño Noriega, guardadas proporciones.

Estados Unidos, los autodenominados campeones de la democracia, desde su surgimiento como imperio, han cometido toda clase de atrocidades (una, por ejemplo, crear “monstricos” como Osama), que van desde el Ku Klux Klan, para exterminar negros, hasta las de inventar ataques a sus flotas, como aconteció en el golfo de Tonkin, para declarar la guerra a Vietnam, asunto que le “supo a cacho”, como diría alguna abuela.

Arrojar napalm a su antojo en los montes vietnamitas, quemar niños con esa gelatina, matar decenas de civiles en la aldea de My Lai, son apenas una muestra de los desafueros imperialistas en el mundo. Ah, y qué tal sus días cuando ponían a placer dictadores en sus neocolonias o derrocaban presidentes. ¿Cómo no recordar a Jacobo Arbenz, bombardeado por los norteamericanos en Guatemala, o el asesinato de Salvador Allende, en Chile, promovido y ejecutado por la CIA?

La película, que comenzó a ser rodada desde los tiempos de la Guerra Fría, muestra a Bin Laden como un producto de la política exterior gringa. Una excrescencia de la alianza gringa, “impura” dicen unos, con Pakistán y Arabia Saudí. Muy bien entrenado por la CIA para hacer frente a los soviéticos en Afganistán, la “leyenda” Osama fue creciendo. Aliado económico de la familia Bush, de pronto se convirtió en objeto de caza de parte de los norteamericanos.

En el caso de los atentados del 11 de septiembre, ni siquiera el FBI acusó a Bin Laden de la autoría de los mismos. Y ni el ultraconservador, de la gallada de criminales de guerra de Bush, el ex vicepresidente Dick Cheney, admitió que Osama estuviera vinculado con aquellos hechos. Al “infiel” Bin Laden lo pudieron capturar desde 2001. Pero, qué va. Importaba más a Bush tener una justificación para invadir a Afganistán y luego a Irak, en una acción brutal que ha costado más de un millón de muertos.

¿Por qué desempolvar ese viejo filme? ¿Cuál es la situación que condujo a volver sobre aquel sujeto que a capricho los Estados Unidos hacían aparecer y desaparecer, según sus necesidades internacionales? ¿Por qué ahora sí sacar de circulación al tipo que en 1979 gestionó financieramente las operaciones de la CIA en Afganistán? Y es que, como lo diría algún articulista, cuando las cosas van mal, “Producciones El Pentágono” revive su máquina de sueños para distraer a la población civil.

Ah, y otra cosa. Todo lo que Osama Bin Laden aprendió de terrorismo, se lo enseñaron los norteamericanos. Él, en Afganistán, fue su hijo dilecto, su patrocinado, su máxima creación (como en Hollywood, por las mismas fechas, se creaba el asqueroso Rambo). Osama era el “equivalente moral de los padres fundadores de América”, según Reagan.

Osama, ahora en las profundidades del Mar Arábigo, y Obama, en la cúspide de la Casa Blanca, se unen para que el vivo gane puntitos para las próximas elecciones, para recuperar a la derecha republicana, para quitar protagonismo a las revoluciones árabes y mantener más embobado al pueblo norteamericano. Que el asesinato del engendro (o la venganza de Estados Unidos, según Bush) sirve, de paso, para ocultar que en el reino de Obama todo va muy mal: desempleados a granel, los millones de desahuciados por los bancos, los miles de latinos perseguidos, los fracasos de la seguridad social, en fin.

Al Qaeda también fue una especie de negocio para ciertas administraciones estadounidenses, sobre todo para la de Bush. Según Richard Clarke, el mayor experto en antiterrorismo de los gobiernos de Clinton y Bush, este último, antes del 11 de septiembre, no actuó contra “la amenaza de Al Qaeda, a pesar de los repetidos avisos, y luego sacó ventaja política”.

El final hollywoodiano de Osama, muy a la gringa, demuestra una vez más que a Estados Unidos poco le importan la moral y la justicia, sino, por encima de todo, el poder y los negocios. Que Alá nos ampare.

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