Por: Mauricio Rubio

Oscar Wilde, la cortesana y la homofobia de Gerlein

Nadie le puso atención al controvertido senador cuando, al oponerse al matrimonio igualitario, reveló que lo irritaban los gays pero no las lesbianas.

La homofobia asimétrica es tan corriente como antigua. La pornografía, las revistas para hombres y el arte erótico de muchas épocas y sociedades abundan en mujeres acariciándose o besándose. La sexología experimental ha confirmado lo espontánea que es la excitación de los hombres con una pareja de mujeres. Los higienistas decimonónicos europeos señalaron la alta incidencia de bisexualismo entre las prostitutas, una característica siempre apreciada en el mercado del sexo, entre libertinos y en las fantasías masculinas, e incoherente con la supuesta lesbianofobia de los hombres. Para encontrar la versión femenina de esa atracción por una pareja del otro sexo hay que recurrir a alguna película excéntrica, como ‘Las Edades de Lulú’ de Bigas Luna. Los choques frontales entre feministas y lesbianas con travestis o trans confirman la disparidad de la aversión.

Por otro lado, las encuestas sobre discriminación contra minorías sexuales en Europa muestran que las agresiones reportadas por lesbianas son casi tan frecuentes como las de gays. Una conjetura para esta nivelación por lo bajo de la tolerancia es que el activismo LGBT, al aglutinar la homosexualidad masculina, tradicionalmente estigmatizada y perseguida, con la femenina, inocua e incluso apreciada, acabó perjudicando a las mujeres.

En el siglo XIX, muchas ciudades europeas persiguieron activamente el travestismo. Esta cruzada contra la feminización de los hombres precedió los juicios de Oscar Wilde, cuyos problemas se iniciaron cuando conoció a Alfred Douglas, un joven poeta con quien se involucró sentimentalmente. El padre de Douglas los amenazó y hostigó hasta el punto de querer sabotear el estreno de una obra de Wilde, quien decidió demandarlo. La primera parte del juicio se centró en unas cartas enviadas por el denunciante, quien pudo sostener que no había nada reprochable en ellas. Las cosas se le complicaron cuando la defensa hizo alusión a otras aventuras para las cuales el vínculo intelectual era insostenible. Con una orden de captura en su contra, el escritor renunció a la acción judicial. Poco después enfrentó dos procesos penales, perdiendo el segundo. La ley utilizada para condenarlo, de 1885, fue una reformulación de las que históricamente castigaban las prácticas que repudia Gerlein.

Por la misma época, la cortesana francesa Liane de Pougy se dedicaba a atender hombres poderosos manteniendo también apasionadas aventuras con distinguidas mujeres. En París y Monte Carlo competía con la Bella Otero por nobles y millonarios pero se escapaba a balnearios o al extranjero con damas notables. Esas aventuras lésbicas, reportadas en los medios, no le causaban trastornos con las autoridades o la opinión pública, ni afectaban su oficio. Por el contrario, sus amantes varones mantenían “la ilusión de, con un abrazo, arrancarle a Lesbos una presa deliciosa”. Grandes magnates intentaban seducirla con joyas pero ella, en cuanto podía, se volaba con su amada de turno.

Liane mantuvo un intenso romance con Natalie Clifford Barney, escritora aristócrata gringa y provocadora lesbiana. Conocida como la Safo de Washington, alguna vez fue invitada a la casa presidencial y no le quitó los ojos de encima a la primera dama. Al final de la cena le diría “¡ah, Señora Presidenta! si usted pudiera continuar presidiendo la Casa Blanca no importa con qué presidente”. Esto ocurría tras varias décadas de persecución a hombres homosexuales y travestis. Enviada por sus padres a Paris, desde que llegó sedujo a la Pougy quien, inspirada en esa relación, escribió la novela Idilio Sáfico, otro de sus éxitos editoriales. Liane y Natalie asistieron a una obra de teatro con Sarah Bernhardt a la que la actriz atrajo, como era habitual, “una cantidad sorprendente de damas con pelo corto, chaqueta y cuello de hombre”. Las dos amantes se sintieron demasiado femeninas y alcanzaron a burlarse de esas jóvenes mujeres que fungían de varones sin incomodar al público, ni a la prensa, ni a la policía.

Estas lesbianas abiertas y famosas también fueron activistas. Para defender sus derechos nunca se les ocurrió hacer causa común con los gays o travestis perseguidos en muchas ciudades por asuntos que no las incumbían. Faltaban dos guerras mundiales, unos motines de drag queens, la irrupción del SIDA y unas extravagancias del feminismo académico norteamericano para que se formara esa bizarra y frágil alianza LGBT que aparentemente ha resultado tan perjudicial para las L como ventajosa para los G y las T.

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