Por: Juan David Zuloaga D.

Otra actividad paraestatal

Hay una actividad —política— que se ejerce al margen del Estado y de la cual los medios hacen poco eco, aunque su penetración y su influjo no son menos notables ni menos decisivos que los de esa otra actividad paraestatal de la que tanto se habla.

Se trata del surgimiento por todo el país de una serie de fundaciones que intenta remediar los males o las carencias de miembros de comunidades que históricamente no han gozado de atención o en la que se deja ver la incompetencia de los gobernantes o la desidia del Estado.

Lo que caracteriza esta tendencia es que una persona o un grupo de amigos, al margen de la acción estatal —y pese a los obstáculos que su burocracia suele imponer— y llevados por el deseo de echar una mano en lugares en los que la necesidad es norma y la desesperanza costumbre, se proponen modificar el entorno social; en ocasiones con más empeño que ciencia y más ganas que recursos.

Como son varias —y eso es ya motivo de regocijo—, no sería posible nombrarlas a todas en este espacio, pero me vienen a la memoria Tiempo de Juego, liderada por Andrés Wiesner (Cazucá); la Fundación Juan Felipe Gómez Escobar, gestionada por Catalina Escobar (Cartagena de Indias); la Cinehuerta del barrio Belén (Bogotá), al mando de José Camilo Rodríguez, llamado Chucho; Pies Descalzos de Shakira Mebarak (Barranquilla) o Colombianitos de Ángela Patricia Janiot, presidida por Ana Arizabaleta.

Asombra ver que en medio de un mundo cada vez más plegado a un individualismo malsano y sin coto, en medio de unos tiempos en los que la única preocupación es el cuidado de sí, hay aún algunos que —lejos de los réditos a que aspira toda iniciativa privada y de los intereses y los honores que los políticos pretenden recabar cada vez que hay campaña— trabajan por el bien del otro sin buscar mayor recompensa que la que prodiga la satisfacción del deber cumplido o la de ayudar sin condiciones a quien lo necesita, con el propósito firme, sincero y desinteresado de cambiar una comunidad golpeada por la pobreza o la necesidad; todo emprendido con la conciencia clara y lúcida que comprendió que se trata de unos entornos que, todo lo remoto que puedan parecernos, son al cabo los nuestros.

Ya cada uno de estos proyectos, en los dominios que les compete, comienza a mostrar resultados halagadores. Y frente a la corrupción de una clase política indolente y mediocre, frente a la ausencia de un Estado que se ha mostrado incapaz de procurar los mínimos vitales a todos sus ciudadanos, la labor titánica y solitaria de estos orates hace que mi corazón se llene de envanecido patriotismo y de humana esperanza.

 

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