Por: Felipe Restrepo Pombo

Otra batalla perdida

EL BAÑO DE SANGRE QUE VIVE MÉxico parece no tener fin. El país, como lo anticipó Octavio Paz, se encuentra perdido en un laberinto: pero en este caso no es el de la soledad, es el de la violencia. Al menos eso es lo que queda claro después de esta semana: en apenas seis días han asesinado, torturado y herido a varios policías en el estado de Michoacán. Y aunque este fenómeno —el de la violencia— no es nuevo, por primera vez pone a tambalear al gobierno de Felipe Calderón.

Todo empezó el viernes, cuando fue detenido Arnoldo Rueda Medina —alias La Minsa—, un importante miembro de la organización llamada La Familia. Rueda Medina fue detenido durante un tiroteo en la colonia Chapultepec Sur, en Morelia, la capital del estado. A las pocas horas de su detención, el poderoso cartel al que pertenece comenzó una macabra venganza. Primero atacaron, en la madrugada del sábado, un cuartel de operaciones de la policía: desde unas camionetas blindadas dispararon y lanzaron granadas. Luego siguieron varios ataques aleatorios durante el fin de semana. El lunes fueron encontrados doce cadáveres en una autopista: tenían las manos atadas a la espalda y señales de tortura. Todos eran policías y junto a sus cuerpos había un mensaje escrito a mano sobre una cartulina blanca que decía: “Vengan por otro, los estamos esperando”.

No queda duda de que la agresión es personal. Y no sólo con la policía: el presidente Felipe Calderón es de Morelia. Ya el 15 de septiembre de 2008, día de la Fiesta Nacional, un grupo de encapuchados lanzó dos granadas sobre la gente que celebraba en la plaza central de la ciudad. Ese fue el primer ataque del narcotráfico contra civiles en la historia del país y no por casualidad sucedió en la ciudad de origen del presidente. Fue una retaliación por su política de guerra frontal en contra del crimen organizado.

Como respuesta a los atentados de los últimos días, el gobierno anunció más mano dura. Hace unos meses este tipo de medidas eran respaldadas unánimemente. Pero hoy son recibidas con mucha reserva: los mexicanos creen que la lucha contra el narcotráfico no está dando resultado. Ya en las elecciones parlamentarias —del pasado 5 de julio— el pueblo manifestó su descontento con las políticas de Calderón y votó en contra de su partido, el PAN. Esto permitió un regreso al poder del PRI, que complica todavía más el panorama.

A principio de este año viajé a Culiacán, en el estado de Sinaloa, la capital del Narcotráfico en México. Recorrí la ciudad y hablé con personas que conocen a fondo el tema. Uno de ellos me dijo: “El narco le da de comer a muchas personas. Gracias a él pueden mantener a sus familias. No tienen otra opción, por eso están dispuestos a dar la vida”. Su argumento —criticable desde muchos puntos de vista— me hizo entender que el narcotráfico ha penetrado la sociedad hasta lo más profundo. Y que nunca se va a acabar mientras sea tan buen negocio.

El discurso de líderes como Felipe Calderón se está agotando: todos los días queda en evidencia el fracaso de la lucha armada contra el tráfico de drogas. En México se está repitiendo una historia que Colombia conoce de memoria. Lo triste es que los líderes de ambos países no están dispuestos a ceder: tendrán sus razones poderosas o sus intereses ocultos. Y aún cuando no los tuvieran, el gobierno de los Estados Unidos no los dejaría cambiar el rumbo de las cosas.

La pregunta entonces es cuántos muertos más están dispuestos a soportar estos gobiernos —el de México, el de Colombia o el de Estados Unidos— para sostener una política absurda a todas luces.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Felipe Restrepo Pombo

La venganza de los nerds

Memorias de una debacle

Los miserables

Dos ambiciones

En perfecta salud